En vísperas de lo mismo
Una nueva Navidad sin cambios en el frente. A punto estamos de revivir (y repetir) en familia lo que se ha instalado como unívoco para tan significativa fecha y no espero un atisbo de novedad, porque sería como faltar a lo que no puede fallar en la Noche Buena: carreras, desacuerdos, impuntualidad, caos gastronómico, reperiquetes, cacayacas, anfitriona de mal genio, queridos parientes ausentes y desconocidos colados.
Al menú, como desde que tengo memoria, se le someterá a un madrugador plebiscito en el que campearán toda suerte de sugerencias y componendas, antes de aterrizar en lo mismo, para gusto de unos y disgusto de los más. Pavo o pierna será el único y posible binomio sujeto a consideración, con la consecuente controversia sobre su preparación que, indefectiblemente, desembocará en pierna mechada y bañada con vino tinto, sin otra guarnición que ensalada de manzana, porque así lo dictan los cánones y cualquier variación pozolera es impensable.
Se abultará la cava del anfitrión con nuevas botellas de sidra que nadie se toma porque no le gusta, pero que deben llegar destinadas a un brindis que nunca se hace. Los encargados del postre llegarán mucho antes que los de las botanas y los hielos serán adquiridos de última hora, en cualquier expendio de ocasión, porque el comisionado para tal efecto los confundió con las servilletas y, de pasada, por la vía de la coperacha, se complementará la dotación de refrescos, porque el responsable de llevarlos calculó mal las raciones, o confió en que se repitiera el milagro de Canaán que multiplicaría los líquidos en pleno fandango.
Se dispondrá una elegante mesa en la que nunca es posible congregar a todos los comensales, porque unos andarán danzando por toda la casa, otros pasarán la noche custodiando la cantina y los más jóvenes buscarán guarecerse en un rincón para chatear a sus anchas con sus teléfonos inteligentes (en manos de los no tanto). Se repartirán encomiendas que no se cumplirán a cabalidad y el dichoso intercambio de regalos terminará siendo el infalible margallate que deja a unos con dos presentes y a otros, sin ninguno. Y ni manera hay de poner tan intrincada logística en manos de algún achispado novato titulado en Administración o Mercadotecnia, de los que abundan entre la parentela, porque hay instancias rectoras y prerrogativas clientelares que no pueden obviarse sin poner en riesgo el cacareado vínculo familiar. Un vuelco de semejantes magnitudes equivaldría a declarar la guerra a la Gordillo y sus huestes, pa que mejor me entiendan.
No obstante, la falta de novedades navideñas no es nada nuevo. Al hurgar en mi pasado infantil me percato de que la repetición es un síndrome anual difícil de erradicar. Todavía recuerdo que en casa, por ejemplo, el Niño Dios acataba puntualmente la encomienda de traerme lo que le daba su divina gana, en vez de acarrearme lo que le pedía con tanta devoción. Por algo así como siete años al hilo, recibí de sus santísimas manos algunas de esas monas con chongo de hule y traje de baño pintado, cuadernos para pintar con colores de un león muelón y jueguitos de té región 4. O sea que pura sustitución tercermundista de la muñeca de carne con mucha ropa, unos lápices Prismacolor y un juego de cocina con todo y estufa que me cansé de anotar con buena letra en mi cartita que, año con año, colocaba fervorosamente en mi zapato bien boleado.