Ideas

El síndrome del sermón

Hay gente que tiene la constante tentación de echar sermones a todo el que se le atraviesa.

Querer moralizar, corregir, enseñar, educar, hacer conciencia y todo lo que implique hacerle ver al otro, que está en un error. Eso es sermonear.

Los sermones son las peroratas de los sacerdotes desde el púlpito, que muchas veces, en vez de hablar del evangelio del día, ocupan su tiempo para querer corregir las debilidades y fallas de sus feligreses.

Hay padres de familia terriblemente “sermoneros”, se pueden pasar un buen rato hable y hable hasta el cansancio, repitiendo una y otra vez todo lo que quieren que cambie y corrija el hijo. Y desde luego, se tiene que soplar el discurso en una actitud obediente. Y pasiva, como si fuera parte del castigo.

También hay maestros, amigos, parejas y autoridades públicas que se creen con el derecho de echarte un sermón cada vez que se les pegue la gana.

He conocido casos de personas que andan a la caza de los errores ajenos, para darse el permiso de aplicar su demagógica moral.

Los especialistas en vivir este síndrome creen que tienen el deber moral de fijarse en la paja del ojo ajeno, y de verdad no miran la viga en su boca.

Hace unos días escuchaba a un joven contar, que ante un error que reconoce, si cometió al faltarle el respeto a sus compañeros, recibió un mail de su maestro aventando todo lo que pudo para hacerlo sentir humillado, aplastado en su ego y desde luego exhibiendo sus errores, a diestra y siniestra. Claro, tratando de darle una lección al muchacho con la misma cuchara que critica la falta de respeto.

Si la violencia no se erradica, con más violencia, tampoco la falta de respeto o la inmoralidad se corrige haciendo lo mismo.

Los atrapados en el síndrome del sermón, se sienten con la altura moral, casi en la raya de la soberbia y la superioridad, para caminar en el mundo con la frente llena de ideas de cómo deben ser las cosas, pero en el mundo de los demás. Muy raramente son capaces de echar una mirada a su propio interior para fijarse en lo que ellos le propinan a los demás. Se encantan con la dicha de andar queriendo ver la perfección en los propensos y débiles pecadores, sin percatarse de que ellos mismos son agentes del error más elemental. Tratan de cambiar a los demás, y no lo hacen consigo mismos.

Lo peor del caso, es que los que se creen moralistas, también se sienten sabiondos y modelos de rectitud, y por supuesto peregrinan por la vida con el orgullo inflamado de vanidad por querer acomodar a los demás en su lugar.

Y ellos mismos cojean del mismo error, cuidadito y les apliquen su propia receta, porque se montan en la ira y el orgullo, de sentenciará calaña, y fácilmente se sienten heridos y ofendidos porque creen que ellos son los únicos en recitar sermones, no de recibirlos.
 

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