El síndrome Las Vegas
Cuando uno entra a un hotel de Las Vegas, todo está diseñado de manera tal que no se sepa a ciencia cierta si es de día o de noche. Incluso, por los ductos de aire acondicionado, las 24 horas del día, se inyectan sobre los visitantes, ingentes cantidades de oxígeno, con el fin de que uno se sienta permanentemente vital y animado.
Yo en la FIL siempre conservo el júbilo que me provoca encontrar un nuevo texto que sé que me iluminará, me siento a escuchar inteligentes voces, disfruto de espectáculos y siempre estoy presto a la sorpresa y al asombro.
Y por supuesto, nunca sé si es de día o de noche.
Me rijo en estos días magníficos por el reloj biológico que tengo dentro y que aparentemente no me falla. Esto quiere decir que como cuando tengo hambre y me voy a dormir cuando me vence el sueño; el resto del tiempo se me va en besos y abrazos y sonrisas cómplices, y apasionantes presentaciones y conferencias que me ayudan a descubrir que el mundo, a pesar de seguir siendo ancho, me es cada vez menos ajeno.
Agradezco que suceda la FIL y que yo tenga la magnífica oportunidad de aprender algo nuevo todos los días.
Aunque me dé el síndrome de Las Vegas, y a veces no sepa ni dónde ando.