Ideas
El ser violento
La enfermedad del ser humano. Esta frase de F. Nietzsche y que significa que el ser humano es un ser paradójico, sano y enfermo: en él viven el santo y el asesino. El ser humano es a un mismo tiempo sapiente y demente, ángel y demonio, dia-bólico y sim-bólico. Freud dirá que en él hay dos instintos básicos: uno de vida que ama y enriquece la vida y otro de muerte que busca la destrucción y desea matar. Importa enfatizar que en él coexisten simultáneamente las dos fuerzas.
Por eso nuestra existencia no es simple sino compleja y dramática. En ocasiones predomina la voluntad de vivir y entonces todo irradia y crece. En otros momentos gana la partida la voluntad de matar y entonces se producen violencias y crímenes como el que ocurrió el viernes en Noruega donde más de 80 jóvenes de entre 14 y 17 años fueron masacrados por un loco desquiciado. Amén de lo que aquí vemos todos los días. Locos matando por el placer de matar. Ya se ha hecho un sinnúmero de análisis, y se han sugerido innumerables medidas y esquemas de seguridad. Todo esto tiene su sentido. Pero no toca el fondo de la cuestión. La dimensión asesina, seamos concretos y humildes habita en cada uno de nosotros. Tenemos instintos de agredir y matar. Esta es la condición humana. Poco importan las interpretaciones que les demos. La sublimación y la negación de esta antirrealidad no nos ayuda. Hay que asumirla o buscar formas de mantenerla bajo control e impedir que inunde la conciencia, fortalecer el instinto de vida y asumir las riendas de la situación. Freud lo sugería: todo lo que hace crear lazos emotivos entre los seres humanos, todo lo que civiliza, toda la educación, todo arte y toda competición por lo mejor, trabaja contra la agresión y la muerte. Este hecho criminal en Noruega, en Acapulco, en Ciudad Juárez, en las universidades, teatros, antros y plazas comunes no está aislado de nuestra sociedad. Ésta no es que tenga violencia, es peor, está montada sobre estructuras permanentes de violencia. Aquí valen más los privilegios que los derechos. El hecho es que en las personas perturbadas psicológicamente, la dimensión de muerte, por mil razones subyacentes, puede aflorar y dominar la personalidad. No pierden la razón. La usan al servicio de una emoción torcida. Corresponde a Dios juzgar la subjetividad de los asesinos crueles y despiadados —hasta la del “Ponchis”, niño de 14 años que decapitaba, torturaba y secuestraba sin piedad alguna—. A nosotros condenar lo que es objetivo, el crimen de gravísima perversidad, y saber localizarlo en el ámbito de la condición humana. Y usar todas las estrategias positivas para hacer frente al trabajo de los negativos. “La vida cura la vida y el amor supera en nosotros el odio que mata” (Francisco de Asís).