El mitin maldito del Azul
Mi querido y siempre presente maestro de la vida Emilio Azcárraga Milmo solía decirme de vez en cuando: “Lo malo de nuestra chamba es que todos saben de su business y de show business”. Y ejemplificaba: “A mí el dentista me tiene dos horas con la boca abierta, me hace lo que se le pega la gana y yo no le pregunto nada. Pero eso sí, en cuanto termina me cambia la programación: esa novela no era para Lucía, era de la Vero…y a ese que tiene en el noticiero de la tarde mejor quítelo porque es medio guey”.
Y pues sí, una vez más mi “Tigre” tenía razón. Lo malo de las tareas mediáticas es que todos son expertos. Seguro que eso les pasó a los organizadores de la ahora célebre catástrofe de la toma de protesta de Josefina Vázquez Mota como candidata presidencial del PAN el domingo en el Estadio Azul de la Ciudad de México.
A ver: ¿quién fue el genio que decidió que la artista ideal para amenizar era Margarita, la “Diosa de la Cumbia”, y que debían programarla al empezar a las 11 de la mañana?; ¿quién, el experto que no previó el solazo canicular y programó tres insoportables discursos: de la señora Wallace y los señores Espina y Madero, antes que la candidata?; ¿es verdad que intencionadamente se esparció el rumor de que a la una en punto se irían los camiones por lo que empezó la desbandada?; ¿la ausencia de varios gobernadores panistas es también señal de sabotaje interno?; ¿por qué los organizadores del acarreo se negaron a pagar derechos de autor al PRI para que les enseñaran cómo hacer las cosas?; ¿de verdad no había nadie con suficiente autoridad para decirle a doña Jose que le apurara porque la gente empezaba a irse?
En pocas palabras ¿a quién se le ocurrió organizarle a Josefina un acto masivo cuando el PAN jamás ha sido un partido de masas?
Hay, además, otro elemento que, por lo que se vio, no domina ninguno de los miembros del equipo: se llama timming. Y aunque lo más parecido en español sería “ritmo”, es válido el anglicismo porque no tiene cabal traducción. Se refiere al tiempo que debe asignarse así como al orden de cada una de las partes que forman un todo. Igual para una novela, que para una película, o incluso una canción y hasta para aquellos que convierten un gran chiste en un chorizo insoportable. Timming es pues, de lo que carecen, no sólo los del círculo cercano a la candidata panista sino ella misma. Ya lo hemos remachado antes: Doña Jose no está diciendo nada. Así de simple y así de grave. Nada que no sean las frases hechas, pero muy mal hechas sobre el bonito país que tenemos y lo buenos que somos los mexicanos.
Ninguna idea siquiera destacable, menos aún para decir ¡paren prensas!
Yo sólo me lo explico de tres formas: los panistas se apresuraron en reconocer a su candidata como una intocable mesías femenina a la que nadie puede molestar ni con el pétalo de una sugerencia; o todos se emborracharon de soberbia creyéndose la encuesta presidencial o bien, se trata de una bola de ineptos que además se están haciendo pedazos entre ellos.
Con todo lo reconocible y apreciable del gesto de su coordinador general Roberto Gil Zuarth, asumiendo toda la responsabilidad del desastre, eso no basta. Josefina Vázquez Mota debe dar un fuerte manotazo de autoridad si quiere seguir en la pelea. Debe asumir no sólo el control de su campaña sino el control de su partido: Dios mío, hazme líder. Ah! y atreverse ya, de una vez por todas a decir algo. Lo que sea. Cualquier cosa. Y si no fuera mucho pedir, despojarse —si todavía les es posible— de ese cada vez más acentuado sonsonetito de jilguero antediluviano por el cual también tendría que pagar regalías a los dinosaurios.
Por cierto que de nada les servirá a Josefina y sus huestes minimizar el mitin maldito. Si me permiten, otra enseñanza de mi Tigre a propósito de un día que le propuse a un colaborador inteligentísimo aunque parecía un tanto lerdo: “En la vida pública nadie es lo que es, es lo que parece; si es un cerebrito, pero parece idiota, es un idiota; si el otro es un farsante pero parece una eminencia, es una eminencia”.
Lo del domingo fue un fracaso, porque pareció un fracaso.