El mexicano, proclive a simular
Es fácil pretender ser lo que no se es, dice Octavio Paz en el Laberinto de la soledad. “Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad se confunden”.
Qué drama vivimos muchos mexicanos al no poder mostrarnos como somos, al ponernos una máscara tras otra, y ocultar nuestras verdaderas intenciones en un disfraz que, incluso nosotros mismos, acabamos por llegar a creer.
Un arte tan rebuscado como refinado, fingir es una disciplina que nos hace grandes simuladores. Y continua Paz, al respecto “de tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser.”
Un verdadero encuentro con la frontera entre la falsedad de mi imagen y la realidad de mis verdaderos deseos. Una contante labor de ocultar lo que verdaderamente creo que soy y que no me gusta de mí mismo, para salir a pasear con los demás vestido del atuendo que me conviene para ese preciso momento. La autenticidad muere, atrapada en el rebuscado camino de lo que interesa dejar como la mejor impresión de mí.
Y agrega Octavio Paz: “Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, como ha visto con hondura Usigli, se funde con sus gestos, los hace auténticos” La mentira de sí mismo se funde en la verdad de lo que creo que soy. En la imaginación, caminamos en la vida creyendo que los demás ven lo que yo quiero que vean de mí. Sin darnos cuenta que la fallida actuación, suele ser evidente para nuestro público cotidiano.
“Si por el camino de la mentira podemos llegar a la autenticidad, un exceso de sinceridad puede conducirnos a formas refinadas de la mentira”. Nos aclara Paz. Y es que en la exageración, en fingir extremos también perdemos el equilibrio y la sinceridad se desvanece en nuestras propias fronteras de la realidad.
El mexicano puede cambiar de forma de ser, sólo tiene que proponerse una manera conveniente de ser y de inmediato se comporta como le parece adecuado.
Por eso se dice que nuestra política también se puede, fácilmente, construir de simulaciones. Hacer como que hay algo, y finalmente no existir nada de cierto de lo que se pretende mostrar. De aquí parte que es muy común caer en la trampa de “dime de qué presumes, y te diré de qué careces”, porque en el alarde de querer dar una impresión, más bien estas dando a conocer, de lo que le falta.
Es parte del esfuerzo que hemos de conquistar, el dejar de simular, de hacerle fintas a la vida al obsequiar impresiones falsas y finalmente mantener la realidad muy escondida en el misterioso mundo interior. En el que a veces, ni yo mismo me conozco.