El mesías del desprecio
Por Sergio Aguirre
(sergio@aguirre-consultores.com.mx / Twitter:@seraguirre)
La semana pasada platicábamos entre otras cosas, sobre la bella costumbre de algunos políticos relevantes de preparar el terreno para culpar a sus seguidores de sus eventuales fracasos, a diferencia de los líderes valerosos que los ven a través del espejo, y por el contrario los éxitos a través de los otros, no al revés. Pero si de narcisismo hablamos, la clase política toda entera no le llega a los talones a las formas del excamarada ex subcomediante ex Marcos.
Lo que comenzó con un plan imitativo de la vetusta y totalitaria revolución cubana y del multihomicida exportador de desgracias el Che Guevara, con una carnicería deliberada de indígenas desesperados; con los rifles de palo de los que tantos fueron “armados” (y por ello eliminados) y las circunstancias históricas de miseria, matanzas y utopías transformadas en abuso político que convirtieron a muchos chiapanecos en nómadas hacia el monte en su propia tierra; se acomodó a la convenenciera pasada del revestimiento del mito del indígena bueno e ingenuo y tonto (como el pueblo bueno manipulado por la tele), necesario de paternalismo, y urgido de luz ante su ignorancia. ¿La razón? No pegó su discurso de odio de clases, y por ello mutó. Y de la noche a la mañana se volvió un movimiento indigenista conservador, obteniendo bajo la cobertura mediática hasta una reforma constitucional, que entre otras cosas logró la posibilidad de minusvalorar mujeres por el solo hecho de serlo en los territorios “zapatistas” y regresar al derecho indiano propio de la colonia, sin hablar de las fronteras que impuso al llamado Estado de bienestar, al Estado democrático de Derecho y con ello aumentar la pobreza e injusticia en sus “dominios”.
Pero veamos algunas de sus palabras de despedida:
“Supimos y sabemos que seguirá habiendo muerte para que haya vida. Supimos y sabemos que para vivir, morimos”. “(...) “En lugar de dedicarnos a formar guerrilleros, soldados y escuadrones, preparamos promotores de educación, de salud, (...). En lugar de construir cuarteles, (...), se levantaron escuelas, se construyeron hospitales y centros de salud, mejoramos nuestras condiciones de vida. (...) Empezó así una compleja maniobra de distracción, un truco de magia terrible y maravillosa, una maliciosa jugada del corazón indígena que somos, la sabiduría indígena desafiaba a la modernidad en uno de sus bastiones: los medios de comunicación. Empezó entonces la construcción del personaje llamado ‘Marcos’”.”(...) El ‘SupMarcos’ pasó de ser un vocero a ser un distractor (…) Si me permiten definir a Marcos el personaje entonces diría sin titubear que fue una botarga”. “(...) Quienes amaron y odiaron al ‘SupMarcos’ ahora saben que han odiado y amado a un holograma. Sus amores y odios han sido, pues, inútiles, estériles, vacíos, huecos”.
Ya está: ante el fracaso la cursilería acompañada del desprecio. No sirvieron para nada los que gritaron “todos somos Marcos”. Solo era una irrealidad desde la irrealidad: un holograma del holograma, fueron botargas de una botarga: el peso del fracaso sobre otro fracaso.