Ideas
El enemigo de la hipocresía
No hay en América Latina un escritor vivo tan polémico como Fernando Vallejo. Colombiano de nacimiento (Medellín 1942), mexicano por decisión (avecindado desde 1971 y nacionalizado en 2007) Vallejo es un escritor, si se vale decirlo así, sin pelos en la pluma; duro, directo, ácido, crítico, despiadado, cualquier calificativo es poco para este escritor seleccionado como premio FIL 2011. Vallejo puede ser visto como una muestra más del gran momento que viven las letras colombianas, pero en realidad para él Colombia es poco menos que el objeto de su rencor. Nacido en el seno de una familia acomodada de Medellín, hijo de Aníbal Vallejo, un político conservador, Fernando estudió en colegios y universidades católicas hasta que, terminando la carrera de Filosofía, salió a Roma a estudiar Cine. Se instaló en México a principios de los setenta y desde aquí escribió toda su obra, la mayoría dedicada a la crítica a su ciudad, a su país y con especial énfasis a la Iglesia Católica. Si Gabriel García Márquez es el representante latinoamericano del realismo mágico, Vallejo lo es del realismo a secas. Su novela más famosa, La virgen de los Sicarios, (1999) narra la vida de los jóvenes asesinos de Medellín y desnuda sin concesión alguna la corrupción de las autoridades y la complicidad de la Iglesia Católica en la violencia institucionalizada en la ciudad. La Iglesia Católica junto con la política colombiana, el objeto preferido de sus críticas. La puta de Babilonia (2007) un ensayo demoledor sobre la Iglesia y su corrupción, es sin duda su libro más polémico y el que ha causado que con Vallejo se esté a favor o en contra, pero nadie que conozca su obra puede ser indiferente. En El desbarrancadero (2001), Vallejo narra el acompañamiento en sus últimos días a su hermano Darío, enfermo de sida y homosexual al igual que Fernando, y desde el dolor de la enfermedad reconstruyen su infancia antioqueña. Otro libro de crítica ácida y mordaz contra su Colombia natal es Mi hermano el alcalde (2004), la historia del alcalde de un pequeño pueblo en las montañas colombianas, locuaz, iluso y confiado, al que su hermano, ácido y burlón, le desbarata su infantil manera de ver la vida. Pero el odio de Vallejo a su patria quedó expresado de manera tajante en dos entrevistas con Caracol Radio. En 2006, cuando fue al aniversario de la revista El Malpensante, dijo, “la mayoría de los perros para mí son buenos, aunque hay perros malos; la mayoría de las personas para mí son malas, aunque hay gentes buenas”. Eso explica un poco por qué de los dos recientes premios literarios que ha recibido, el Rómulo Gallegos hace diez años y ahora el premio FIL, ha decidido donar el dinero a asociaciones protectoras de animales. La otra fue cuando decidió renunciar a la ciudadanía colombiana y solicitar la nacionalidad mexicana: “Esa mala patria de Colombia ya no es mía (...) y no quiero volver a saber de ella. Lo que me reste de vida lo quiero vivir en México y aquí me pienso morir (...) de pequeño descubrí que Colombia era un país asesino, el más asesino de todos, luego me di cuenta que era un país atropellador y mezquino y ahora con la reelección de Álvaro Uribe descubrí que era un país imbécil”. Aunque cueste creerlo, Vallejo es una enamorado de la vida. Eso sí, en él, la hipocresía tiene a su peor enemigo y, la literatura, un gran cómplice.