Ideas

El cerdo sabio, directo y sin complejos

Los animales se parecen tanto al hombre que a veces es imposible distinguirlos de éste, apunta K’nyo Mobutu en el prólogo a La oveja negra y demás fábulas de Monterroso y eso lo conectamos con El cerdo que, aunque su padre tenía fama de semental, acepta ser un cerdo común para demostrarnos su congruencia y que tiene las pesuñas en la tierra de su porqueriza en donde no le gusta dar de vueltas porque eso lo deprime pues no deja de ser una conducta repugnante eso de andar por la vida errando sin principio, ni fin…, por eso yo prefiero caminar en diagonal pues soy una criatura asertiva, directa y sin complejos.

Así describe a este animal Raymond Cousse (1942-1991) en su obra Stratégie pour deux jambons, traducida al español como El cerdo, obra que ha sido adaptada por Andrés Lapeña, con Jesús Ochoa como ese animal, bajo la dirección de Antonio Castro que, estará en el Teatro Diana este lunes 15 y martes 16 de octubre.

El cerdo es un monólogo que hace mientras camina por el chiquero elaborando varios asuntos que tienen que ver con la filosofía, asegurando que vive y ejerce su libertad con gran placer, sobre todo, cuando camina en sus ratos de ocio, que no son pocos, sabiendo que la razón es la que mueve todo y negándose a aceptar que todo sea fruto del azar.

Jesús Ochoa —actor de telenovelas y películas—, con esta obra vuelve al teatro para pisar fondo en un papel que requiere una muy buena condición física para mostrarnos los diferentes estados de ánimo por los que pasa, mientras nosotros esbozamos una sonrisa y la risa que contenemos, al vernos retratados al transformarse el actor en ese animal haciéndolo como maestro, elaborando y recordando cosas que tienen que ver con la vida, el amor, la muerte, el tiempo y el espacio. Nada más, ni menos.

Nos explica su vida y se pregunta si las cosas tienen sentido o son producto de los accidentes y sus eslabones atados por el azar y, a partir de ese monólogo, imaginamos algunas respuestas mientras nos ve a los ojos maliciosamente: desprecia el exterior y nos hablará de él más tarde si el tiempo se lo permite.

Tiene problemas con su porquero —que se supone es su carcelero—, porque no respeta sus hábitos y le pone un balde en el centro de su estancia, impidiendo que pueda caminar en diagonal. Por eso se queja y, refiriéndose a él, le dice:

—¡Cuántas noches no habré pasado sobre mi camastro, llorando por tu culpa, desconsolado por tu miseria moral! Sentía entonces el deseo irresistible de abrazarte y de estrechar tu corazón contra el mío!... Seguro nos entenderíamos como dos marranos en un charco. Es un cerdo que sabe —y no se queja— de que a él le tocó ser porquero y a mí cerdo.

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