El cataclismo que se avecina
Menos mal que los organizadores de las próximas elecciones pusieron a los contendientes en veda por un rato, porque así sólo nos vemos precisados a observarlos dos o tres veces por día en la televisión y escucharlos otras tantas por la radio, simulando que no están haciendo acarreos ideológicos ni de agua para su molino. Qué bueno que a estos modernos gladiadores de la arena verbal les impusieron tapona en eso de los mensajes de campaña proselitista, porque esa tregua forzosa les obliga a callar las virtudes propias, pero no les prohíbe exaltar las pifias ajenas en las que se refocilan que es un gusto, señalando sinuosas andanzas y fieros desatinos de sus oponentes. Como diría mi abuela, chula cosa.
Pero lo más conveniente de esta reciente medida, para que los contrincantes políticos retrasen lo que llevan más de un año adelantando, es que a los codiciados sufragantes se nos está permitiendo disfrutar, sin contaminación partidista ni patrocinios de ningún color, de los muchos y muy variados anuncios que, como una luminosa estela para honrar a la repetición, la instancia reguladora de las elecciones nos receta, en cada corte comercial de radio y televisión, en tandas de cinco en cinco y a razón de 25 por hora, desde hace más de dos semanas, para que el día de la elección no nos agarre desinformados.
No es por acalambrar, ni por anticipar la adicional calamidad urbana que se nos vendrá encima, pero es seguro que, en cuanto se levante oficialmente esa abstinencia mal disimulada, los “polacos” caerán en el desenfreno publicitario y harán temporada de cuatro meses en los medios, para solaz y esparcimiento de los ciudadanos a quienes suponen ávidos de conocer sus promesas churumbeleras. En unas semanas más, que las huestes en contienda aprovecharán para refinar sus ataques mercadológicos, sobrevendrá una suerte de apocalipsis audiovisual de dar miedo.
No habrá día, hora o momento que no nos invada la sonriente fisonomía de un presidenciable desde la pantalla chica, las páginas de los periódicos o las pancartas zangoloteadas por sus adeptos en cualquier crucero. Sus rostros plastificados nos observarán con ojos descomunales, desde las alturas de un anuncio espectacular; nos acecharán de frente desde cada poste o contraportada de revista en cualquier puesto de periódicos; avasallarán nuestros espacios de frívolo entretenimiento con su actitud más relajada. En un acabado ejemplo de lo que significa la palabra atiborramiento, su nombre se reproducirá en la gorra del voceador, en el globo distribuido en la plaza comercial, en el mandil de la menudera, en la pluma del cobrador, en el encendedor del fumador, en la camiseta del mecánico, en la bolsa del mandado de la doña, en la pelota con que juega el chiquillo, en la botella de agua del acarreado y la chamarra del achichincle. Su grafiti electorero no dejará barda limpia ni calle sin manta atravesada, para destacar sus colores y logotipos, así como sus eslóganes y propósitos más lucidores. Que Dios nos agarre confesados y ponga a salvo nuestros gastados ojos con el cataclismo que se avecina.
A los codiciados sufragantes se nos está permitiendo disfrutar, sin contaminación partidista ni patrocinios de ningún color, de los muchos y muy variados anuncios que la instancia reguladora de las elecciones nos receta