El arte de regalar…
Ni qué dudar; grato es en estas fechas expresar sentimientos enmarcados en la manifestación tradicional de los regalos.
Y sí, cuando el ánimo entusiasta se desborda con el afán de agradar obsequiando a seres queridos con lo que sabemos que puede gustarles o que tal vez necesitan, con el motivo justificado de hacerles sentir que se piensa en ellos y pudiendo se les halaga, solo que…
Solo que, no hay duda, se debe tener el buen gusto, el sentido de oportunidad, el magnífico talante y la inmejorable de las intenciones para seleccionar lo que se obsequia.
Vamos, que si se va a regalar se compre lo que sabemos que agradará, tomando en cuenta lo que puede gustar al obsequiado, que cosa bien distinta resulta el regalar lo que se nos ha regalado no resultando de nuestro gusto ni de nuestra utilidad; algo que guardado y sacado “para cumplir”, no es otra cosa que el clásico “roperazo” del que se echa mano para cubrir el expediente y salir lo mejor librado.
No, regalar, pues, tiene lo suyo, así…
Así, traigo a mi memoria a tres hijos, lejos del hogar paterno, triunfadores, prósperos e independientes, que después de varios años de ausencia, se reunieron hablando de sus distantes años de infancia y juventud, y coincidiendo en la añoranza por lo retirados que habían estado de su madre. Revivieron remembranzas y anécdotas, pero principalmente del apoyo que de ella recibieron y las bendiciones y oraciones que siempre les envió.
Al calor fraternal, decidieron competir entre los tres para enviarle el mejor regalo de año nuevo a la mujer que les diera la vida, en compensación de todo lo que de ella habían recibido.
El primero le compró una gran mansión…
El segundo la obsequió con el auto más lujoso con chofer incluido…
Y el tercero, a sabiendas de que lo que más le agradaba a su mamá era la lectura de La Biblia, pero que por su avanzada edad y falta de vista estaba ya impedida de leerla, le envió un loro de verde plumaje, adiestrado por 12 monjes franciscanos durante 20 años para recitar el santo libro en su totalidad, contribuyendo al monasterio con dos millones de dólares, pero...
Pero, valía la pena, escribiéndole a su progenitora: —“Mamacita, solo tiene que nombrar el capítulo que quiera, y el loro lo recitará…” –
Pasados días, la madre envió una carta de agradecimiento a cada uno de sus retoños.
Al primero: — “Hugo, la casa es tan grande… Y yo solo vivo en un solo cuarto y pues, para limpiarla… Pero, gracias, está muy linda…”—.
Al segundo: — “Paco, ya estoy demasiado vieja para viajar, me quedo en casa todo el tiempo, nunca uso el coche; te mando de regreso al chofer, pero debo decirte que el auto está muy bonito…”—.
Y al tercero: — “Queridísimo Luis, fuiste el único de mis hijos que tuvo sentido común de saber lo que le gusta a tu madre… ¡¡¡EL POLLO ESTABA DELICIOSO!!!—.
Y… PENSÁNDOLO BIEN.
Y… PENSÁNDOLO BIEN, deseándoles a mis pacientes lectores lo mejor de lo mejor en el año que comenzará, vale la ocasión para reflexionar, meditar y determinar antes de obsequiar, que el regalar…
Que el regalar es un arte…