El Ataque de los memes
Po Pablo Latapí
Si se me permite los definiría como la más espontánea y auténtica manifestación de la cultura popular contemporánea, tanto nacional como mundial: son brevísimas unidades de información que al fusionar una imagen y un texto, se difunden rápidamente vía redes sociales o mensajes de texto, y merced a su ingenio e impacto son reproducidos espontáneamente en mayor o menor medida, como un virus, y se burlan de temas del momento que difícilmente se tratarían de igual manera en los medios de comunicación tradicionales; los memes generalmente son irreverentes e irrespetuosos.
Y son legítimos: si un meme es bueno, necesariamente se difunde espectacularmente.
Aunque suelen ofender a varias personas, especialmente gobernantes y personajes públicos, son sencillamente ingobernables: nadie puede controlarlos.
Y mal haría quien pretendiera tratar de mandar sobre los memes.
Hace unos días, ofendido por los memes en contra de gobernantes y clase política chilena, al diputado de ese país Jorge Sabag, en uno de esos arranques de los políticos oportunistas buscando popularidad, se le ocurrió enviar una iniciativa de ley para castigar los memes que incluyeran fotos de políticos: habría cárcel para quienes los crearan, y también para quienes los difundieran y los reprodujeran (le faltó pretender castigar a quienes se rieran), y ya se imaginará usted cuál fue su suerte: después de quedar manifiesto lo absurdo de la propuesta, nadie lo apoyó y él fue víctima de un feroz y tremendo “Ataque de los Memes”, que lo obligó a retractarse de inmediato, disculparse públicamente y argumentar que la iniciativa la habían redactado sus colaboradores, sin él tener “tiempo de leerla” antes de presentarla.
En México es notable cómo disfrutamos los memes, especialmente durante el pasado Mundial: era una delicia recibirlos, sorprenderse, disfrutarlos, reproducirlos y después comentarlos. Hubo todo tipo de memes.
Pero precisamente eso me planteó una gran duda: ahí en los memes lo usual es burlarse de personajes públicos, de políticos o de situaciones que de suyo son poco cómicas, pero perfectamente “ridiculizables”. Y para ello se utilizan calificativos y referencias que ya no son “políticamente correctas” en nuestro país.
En los memes se pueden usar los adjetivos que durante años se utilizaron para referirse a la gente de la diversidad sexual, a quienes tienen estatura pequeña o diferentes colores de piel, credos, inclinaciones políticas, a profesiones como el sexo servicio, etc., sin que nadie se diga ofendido. Esto a diferencia de lo que ocurre en los discursos oficiales, en comisiones, organizaciones y ONG, que se rasgan las vestiduras cada vez que alguien las dice, sin que necesariamente sea para ofender, y más bien como un ejercicio de irreverencia.
La duda es: ¿quiénes somos realmente? ¿El país que se sacude y avergüenza por usar esos adjetivos? ¿O el que se burla de todo, empezando por sí mismo, y que no ve mayor problema en recibir, retener y rebotar los memes? ¿Usted lo sabe?