Don Rosendo, personaje de Guadalajara
El Museo de las Artes de la UdeG está en remodelación luego de que las oficinas de la Rectoría General se mudaron al edificio de enfrente. Entre las obras de su “colección permanente” hay un cuadro singular, pintado en 1994 por la artista tapatía Carmen Bordes.
Con el añorado Roxy de fondo, Carmen pintó a poco más de 30 personajes que jugaron algún papel importante en la cultura de Guadalajara durante la década de los ochenta, particularmente en el terreno de las artes plásticas. Aquella fue una época intensa, cuando la ciudad aún tenía dimensiones manejables. En la imagen encontramos a muchos miembros de una efervescente comunidad artística y que el pincel de Carmen captó con especial gracia en una escena que pudo no haber ocurrido exactamente así en la vida real, pero que refleja muy bien el espíritu lúdico y entusiasta de aquella época tapatía. El cuadro, homenaje a Rembrandt, se llama Don Rosendo en la Ronda Nocturna.
Pero ¿quién era el tal Don Rosendo? En el primer plano y a la derecha del conjunto aparece en el cuadro la figura, infaltable en cuanta exposición o actividad cultural —donde hubiera coctel de por medio— tuviera lugar en Guadalajara: Don Rosendo, calvo, regordete, con saco, de aspecto bonachón, vaso en mano, era un hombre culto que sabía de música, de artes plásticas, de casi cualquier cosa, y estaba enterado, además, de muchos chismes del mundillo cultural. Era un conversador ameno y uno se divertía platicando con él y escuchando las muchas anécdotas que estaba siempre dispuesto a relatar. En cualquier exposición que se inaugurara, don Rosendo ya estaba ahí, con copa llena, disertando sobre cualquier tema. Uno se iba y Don Rosendo seguía ahí, hasta que se terminaba el suministro alcohólico o se marchaban los últimos parroquianos.
Cuenta Carmen que el día en le contó a Don Rosendo que había pintado un cuadro con él como protagonista y que se expondría por primera vez en el Cabañas, el viejito no cabía de alegría. Tanto así que el día de la inauguración se arregló de manera especial, llegó temprano y se pasó toda la noche parado junto a la obra, bebida en mano, para que a nadie le cupiera duda de que era él, Don Rosendo, a quien Carmen Bordes había elegido para presidir la Ronda Nocturna. Tenía seguramente la intuición de que quedaría inmortalizada su imagen para siempre y que no habían sido en vano tantas rondas nocturnas, tantas copas, tantas exhibiciones pictóricas, y tantas charlas donde él era el centro de atracción.
(Otra versión de este texto aparecerá próximamente en el libro de crónicas De Memoria)