Ideas
Don Enrique Varela
Aunque nos aguó un tanto la fiesta un impertinente chubasquillo, el pasado 14 de febrero, cuando celebramos el aniversario número 470 de la fundación de la ciudad de Guadalajara, será un día memorable porque nuestro Cabildo rindió homenaje a un tapatío cabal y ejemplar, precisamente en la Plaza de los Fundadores.
De entrada, conviene recordar que, si se ha establecido la sana costumbre de celebrar dicha fecha, se debe en buena parte también a nuestro Enrique Varela.
Me dí a la tarea de revisar la lista de quienes han sido los premiados con la apreciable “Medalla Guadalajara” y, aunque malo sea establecer comparaciones, me queda claro que ninguno, absolutamente ninguno de los premiados en años anteriores, tiene más méritos tapatíos que nuestro querido Don Enrique Varela Vázquez.
No es mi caso transmitir la información que justifica de sobras la decisión del gobierno de nuestra ciudad para que este año se le concediera el máximo galardón a este personaje entrañable e inigualable. Quiero tan solo hurgar en mis sentimientos para explicarme el porqué me causó tanto gusto y alegría el hecho, desde el momento mismo que la noticia empezó a correr.
En primer lugar, he de reconocer que no llegó a mis oídos ninguna voz en contra. No habrá faltado algún malediciente que susurrara, supongo, quizá porqué el nombre de Don Enrique pasó por encima del suyo. Ello no tiene remedio. Pero no cabe duda de que el clamor general fue de gran satisfacción.
En el momento mismo de que el presidente municipal le entregó medalla y diploma, sentimos que la esencia misma de Guadalajara subía al podio. Muchos vimos en el rostro del homenajeado la imagen viva de la Guadalajara envidiable que nos ha sido arrebatada por estas casi dos décadas de decadencia y abandono, que empezaron en aquel aciago 1992.
Alguien comentó —sólo lo repito— que la remozada imagen del premio corresponde al dinamismo citadino que hemos empezado a recobrar en los últimos dos años. Mejor cara de nuestras calles, plazas y parques y, lo más importante, un renacimiento anímico del gozo de ser tapatíos. El propio Don Enrique llamó a la recuperación en su discurso.
Son muchas décadas, de legitimidad y honesta preocupación por ayudar a la sociedad entera, las que encarna Enrique Varela, cuya paternidad y rectitud sobre todos está presente aunque a veces no se deje ver, debido a su enorme capacidad de no hacerse notar.
Él es el hombre del que parten muchos caminos que fomentaron el armónico desarrollo social y cultural que llegamos a tener y, sobre todo, la concordia y la tranquilidad de que gozamos en nuestra juventud.
A la “chita callando” sin buscar reflectores, siempre en aras de una mayor eficacia, ¡cuántas veces vimos a don Enrique en su ir y venir deshaciendo entuertos y, de vez en cuando también, arremetiendo y poniendo en paz algún acelerado molino de viento, sin valerse más que de su autoridad moral e influencia paternal!
El reconocimiento que se le hizo el pasado martes es lo menos que se le debe, pero es muchísimo más lo que se merece y se le deberá ofrecer en el futuro con todo nuestro amor filial.