Diario de un espectador
Atmosféricas. Los arreglos del jardín comportan severas medidas. Bien decía, alguien que pasaba, que para ser jardinero había que dejar de lado cualquier sentimentalismo. Un buen jardinero entiende que, a pesar de lamentaciones y nostalgias, los jardines saben renovarse y regresar. Por lo pronto, sin embargo, se extrañan una fronda a la que el implacable muérdago atacó, ciertas sombras que daban profundidad y contraste a un rincón, un florecimiento puntual. Ya se recobrará todo esto, con la alegría de una savia nueva. El viejo jardinero contempla las mudanzas, se rasca la cabeza, se pone a trabajar. Tiene mucho que hacer, y atiende sus lirios con celo. La anual aparición de las mariposas negras sucede: tristes alas que a veces se creen portadoras de aciagos augurios. Las pobres se conforman con su quietud que a ratos se interrumpe por ciegos vuelos atolondrados, se conforman con que en paz se las deje, con que la insensatez de los hombres se olvide de las supersticiones que la ignorancia les atribuye. Mariposas negras: negros festones por el verano que se aleja.
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Reinterpretar una casa. Adivinar luces, encontrar vestigios que hablan de un largo pasado, de mudanzas, aciertos y yerros. Ventilar cuartos y terrazas y dejar que lo que fue ahueque el ala. Nuevas puertas que se abren y que con sus vislumbres cambian la química de los cuartos. Poco a poco, construir un futuro tan conjetural como promisorio, unos cuantos lugares para el sosiego, la conversación o la mansa rutina de los días. Tantear, averiguar: ¿atinarle? Esperar una marea de muebles, cuadros, libros y cosas elegidas. En una de ésas, malas noticias o pájaros, buenas nuevas o algún temblor que tendrá su campana como conjuro. Un detente en la puerta, un Sagrado Corazón entronizado, imprecaciones y sus ecos, guirnaldas para los que llegan, agua tranquila y zurrapas generosas a disposición de los que saben volar. Y el olor de la comida, y todos sus afanes. Luego un jardín, naranjos, arrayanes y un jazmín inventivo que irá avanzando sus posiciones sobre el aéreo territorio de una pérgola liviana. Un parco mirador para distinguir una espadaña y dos torres. Muros blancos que recibirán repiques y el delicado sonido del trueno. Pero no se crea: la casa tiene sus filos, y cortan. No olvidar que las casas, como los caballos, se doman. Y tanto más un caballo brioso y completo que con la edad se aparta de rienda y gobierno. Hace camino, pues, un lugar bajo este cielo propicio, una casa para la vida, sus avatares, su asombro. Y una serenidad que habrá de descender, a la mera, y si la Providencia así lo dispone, para envolver los años que cumplirá.
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Luz Casal: En una canción olvidada, y que se llama No me importa nada, la española nos entrega un verso de inesperadas y hondas resonancias, casi una divisa: Sé manejarme en las distancias cortas. (¿Habrá de otras en este mundo fugaz?)
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De lo hondo de la infancia aparece en el cielo transparente un avión silencioso que arrastraba, ondeante, una larga manta. Era el reclamo de algún negocio que se ha perdido por completo en el trasiego de los años. Pero quedan en la memoria unas blancas banderas que saludaban la ciudad, un serpenteo alegre de telas entre los vientos altos. Y la enseña que desplegaban esos aviones -¿serían plateados?- sobre el lento cielo de los años párvulos, prometió siempre mañanas que iban a cantar. Pero ahora otros aviones pasan con una trayectoria más baja, casi amenazante, vociferando tonterías que nadie atiende. Merolicos aéreos que aturden y transgreden la nobleza y la quietud de un firmamento sagrado y que a todos cobija. Atroces recordatorios –que ninguna autoridad parece controlar- del mercantilismo y la codicia; groseros gritos histéricos que caen, como pedradas aviesas, sobre la ciudad.
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Breve teoría del estruendo. El oficio del cohetero es arduo. En los pueblos viejos se le mandaba a vivir fuera del caserío. No fuera a ser. Allá, retirado, cumplía su oficio de pólvora y de sombra. Por semanas y luego por meses preparaba para todos la fiesta, velaba sus artillerías, afilaba sus armas. El silencio de un potrero, el campanario recortado contra el cerro, y un olor que siempre lo acompañaría. Por un lado construía, uno por uno, los proyectiles del tronido, las flechas de la estampida, arreglaba las varas de carrizo que humildemente aspiraban a ser Prometeo y que siempre acababan por juntarse sobre tejados y corrales. Pero también hacía livianísimas estructuras que harían palidecer a los ingenieros más doctos: castillos de fuego y tiempo, que avanzaban por las calles cimbrando su arboladura, rumbo a la plaza. Y luego la función. Delante de la procesión camina el cohetero. Se agazapa de trecho en trecho, el gentío casi lo alcanza. Fuma sin tregua, y con la brasa del cigarro enciende las mechas, una tras otra. Y después sigue caminando, siempre lacónico y distante: es el elegido.
La cohetería no ceja y en el campo y las ciudades sacude el aire, a deshoras, para recordar con sus descargas que el tiempo es señalado, que la madrugada no pasa desapercibida, que es distinta y que violentamente rompe con el hilo de los días. Quienes maldicen el escándalo, quienes pierden el sosiego o el sueño, secretamente están cumpliendo con el designio de la fiesta. Pero en muchos subsiste, milenario, el trasunto del latido del tambor primigenio, la llamada de los redobles tribales, el grito de la vida que se resiste a irse, un gusto oscuro y hondo por un estruendo que de alguna manera los libera, que los levanta en breve trayectoria, que estalla en la cima de su poderío, y se vuelve cenizas.
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México, hace algunos días. El palacio que mucho tiene de delirio de repostería cumple ochenta años. Blanco, pomposo, grandilocuente. Al final, y de alguna manera, nuestro. Pero de todos sus espacios y rincones uno hay, duplicado, que es un prodigio. Son las loggias que hacia el oriente y el poniente dan. Y, particularmente la primera: un ámbito claro y altísimo al que dan ritmo unas columnas pareadas, de impecable proporción. La terraza desierta bien pudiera ser el escenario de una película imposible en la que Visconti destilara hasta el absoluto alguna pasión mexicana.
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Niño sobre la terraza. Algo inquiere, algo se le ofrece. Luego curiosea sobre la mesa del taller, ojea la pantalla como al paso, se detiene en algún dibujo desbalagado. Pregunta. Contento, se va por la terraza, se acerca a un umbral bajo el que se detiene, duda. Gira, y su perfil destaca sobre el muro encalado. En ese preciso instante, algo le dice el jardín. Lo oye atento. Da la vuelta y con la displicencia de un príncipe desparece tras los pasos de su infancia. No sabe que alguien recordará la escena hasta el fin de sus días.