Diario de un espectador
Vueltas de los años. De las hojas del corredor despuntan, algo tardías, los primeros brotes de las hipnóticas flores que la gente llama reinas de la noche. El musgo del verano comienza a desplegar sus verdes de maravilla en la celosía de la terraza. Intermitencias y jalones en el camino: los niños se hacen cargo, con su párvulo desenfado de príncipes, de volver la fiesta otra vez imborrable.
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La muchacha y el Ajusco. Vasta es la montaña, infinitos sus caminos, perdidas las veredas, cercano el extravío. Desciende la neblina espesa como una tela, la tormenta recorre furiosa las barrancas acechantes, el viento arrecia, viene la noche cerrada, el frío inclemente, la lejanía. La muchacha resiste y hace bravamente el trayecto oscurísimo por su noche en blanco. Apenas un árbol sirve de incierto, tenue refugio. Ella no lo sabrá, pero la entera ciudad velará por ella. Llamadas que se cruzan, imposibles señales interrumpidas, equipos heroicos que emprenden la arriesgada búsqueda, plegarias desde una casa que mira a otro bosque, parpadeos de linternas que recorren las espesuras, los llanos desiertos, las cañadas abruptas. Y así, instantáneas noticias favorables, aparece al fin indemne la muchacha rescatada al fin, con su experta custodia, por dos noveles pero experimentados montañistas a los que un perro –también ducho- acompaña. Muchacha dulcísima a la que la noche y la montaña guardaron: vuelve ahora a la ciudad, más sabia y más bella aún, pasajera imbatible de sus días.
Una casa verde, con su escalera penumbrosa y su jardín volador, recibe al que pasa con toda su espartana gracia. Los verdes de su azotea se mezclan, inextricables ahora, con la fronda del bosque. El agua en un cuenco de barro refleja todo el esplendor del cielo hasta que la noche desciende: y dos o tres estrellas rayan la superficie quieta del agua mientras las líneas se suceden y la música no cesa. Un barco inmóvil navega al filo del pretil y su a medias desarbolado velamen sigue dando cuenta del aire. Desde el fondo de una celda desventurada vienen su trabajosa hechura, su ingenua santabárbara, su agradecimiento dolorido. Puedan sus mástiles durar, brújulas insomnes señalando la esperanza.
Bryan Ferry y Roxy Music interpretan luego la tercera canción, letanía del que vuelve: Avienta tus preciosos dones al aire/ y míralos caer (cuando eras joven)/ levanta tus pies y ponlos en el suelo/ sobre el que solías caminar (cuando eras joven)/ levanta tus pies y ponlos en el suelo/ las montañas eran más altas (cuando eras joven)/ levanta tus pies y ponlos en el suelo/ los árboles eran más grandes (cuando eras joven)/ levanta tus pies y ponlos en el suelo/ la yerba era más verde (cuando eras joven)/ levanta tus pies y ponlos en el suelo/ sobre el que solías caminar (cuando eras joven).
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La amabilidad y el desparpajo de la gente de la ciudad bendita por los tres ríos son siempre muy gratos. Culiacán es un buen ejemplo de una recia población a la que se la han ido comiendo, como las ratotas que son, los coches. Casas solariegas demolidas para hacer patéticos estacionamientos “de piso”, congestionamientos estupendos en las calles centrales, ruido y humo, cláxones ubicuos… y, a pesar de todo esto, no le hace para que estar allí sea un regalo. Llueve, y el calorón esperable en estas fechas cede a un clima benévolo, a un panorama de grises en el que resaltan en la caminata las verdes riberas del río.
Portal último. Quedan, a espaldas de la Catedral, unas decenas de metros de portales sobrevivientes de la masacre de arquitectura patrimonial que ha sufrido el centro. Albergan, bajo sus nobles arquerías, dos cafés muy razonables desde cuyos equipales es posible considerar el jardín de enfrente, leer en relativa paz, ver pasar a las espléndidas muchachas culichis. Hasta que una sola sinfonola cercana se las arregla, con su música atroz, a echar a perder la tarde. Pero el envigado venerable de los corredores, el patio fresco que sobrevive, los gruesos muros de adobe, la perspectiva de las airosas torres de la Catedral siguen dando su esencial lección de cómo saber vivir en Culiacán, animados por la ahora acorralada sensatez, aliviados de la dictadura y la contaminación de los aires acondicionados. Más adelante, un amplio estacionamiento en toda su vileza –más bien un lote baldío- usurpador del lugar de alguna gran casa, se disfraza apenas tras unos pelones arcos de pacotilla. Ya para llegar a la esquina, un paupérrimo edificio reciente y oficial de plano quebró la línea de los portales y los quiso sustituir con la inepcia de un ingrato voladote. Su gesto majadero lo condenará mientras dure. Que sea poco.
Sobrevivientes a todas las mudanzas, los viejos contertulios comentan los últimos acontecimientos, ensayan bromas gastadas y sin embargo eficaces para dar vigencia a la alegre camaradería de los provectos asistentes. Uno siempre hay, como en el Madoka legendario, que decidió, aún relativamente joven, agregarse al condumio y emparejar melancólicamente sus días con los de sus mayores. Suenan las fichas del dominó, perseveran los dichos y los relatos, seguramente oídos muchas veces. Ir a la latitud de Culiacán produce un astronómico regalo: una hora queda en el aire, como la naranja con que hace sus malabares un juglar de esquina, y vuelve, fruto precioso, a las manos cuando el avión aterriza de regreso. Dónde se habrán ido sesenta minutos mientras el que pasa sumerge su errancia en el jardín pasmoso.
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El camino a Los Altos por esta temporada se transforma en una alegre procesión de verdes. Cruzan el trayecto lluvias peregrinas, vuelos de pájaros altivos, distantes claros soleados que subrayan la lozanía de la estación. Los cerros muestran sus flancos de rojos bravíos que el tajo de la carretera fue descubriendo. Mucho antes que en el recuerdo, pueblo entonces tan remoto, aparece Tepatitlán, su caserío mansamente descansado junto al sabinal que señala el trazo del río. Sabe crecer sus caudales, dice la gente, pero sus riberas aguardan que la prudencia y la sabiduría alteñas recuperen todas sus posibilidades, su original vocación. Y la plaza del Tepetate, cubierta ahora de construcciones intrusas, habrá pronto de emerger de entre los años. Y la cara de la entrañable Tepa puede recuperar su dignidad, su gracia centenaria.
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Vuelta, como cada vez, a las líneas que Octavio Paz dejó, indelebles, en la frente que entonces tenía veinte años. Asombro renovado ante el ceñido poderío del poeta, ante sus imágenes fulgurantes, su altísimo vuelo. Asombro, siempre, ante el rojo resplandor que una muchacha, sin saberlo, irradia.
Intacta todavía,
todavía sonrisa, la sonrisa:
golfo de claridad pacífica.
Y fui por un instante diáfano
viento que se detiene,
gira sobre sí mismo y se disipa.
jpalomar@informador.com.mx