Diario de un espectador
Es muy temprano y los niños corretean rumbo al colegio. Preguntas infantiles que saben transfigurar, con un solo cuestionamiento, el mundo. El jardinero de diario, puntual, desea con tranquilo señorío los buenos días mientras hace gala de su destreza con la escoba de popotes. De regreso, junto a una reja, un vagabundo con toda su casa a cuestas se detiene a conversar con un perro que se asoma, amistoso. Largos minutos dura la entrevista, y el que pasa logra oír fugazmente unas palabras. Algo se decía sobre los días que pasan, sobre la breve lluvia de anoche, sobre el amor, sin duda sobre la muerte. El perro, gravemente, asentía. Y lamía, con la veneración de quien se sabe frente a un iluminado, la mano gastada del peregrino. Al abrir la puerta de la casa, el olor del jazmín ya se ha instalado como lo hacen los viejos amigos: con educado desparpajo, con habitual cordialidad.
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Instituto de Ciencias. Cuatro décadas después, el edificio de Julio de la Peña sigue vigente. En el auditorio al aire libre del patio de prepa los antiguos compañeros, con las mismas risas de entonces, se alinean para la fotografía ceremonial. El tiempo ha sido aleve en sus agravios y cada quien lleva su historia a cuestas, traducida en muy diversas expresiones, presencias físicas, indumentarias, palabras escuetas o abundosas. Una generación, ya diezmada por la parca, camina por el tiempo irreparable. El padre Enrique Vela SJ mantiene intactos el brío de sus palabras, la claridad de sus ideas, el ánimo y la tranquilidad que siempre supo transmitir. Pero durante el sermón es meridiano, terminante: viene el tiempo de la reflexión, de considerar con entereza el tramo vital que a cada quien reserve la Providencia. Memento, homo… Luego vuela el tequila, reaparecen los obligados recuerdos, las risas, la melancolía, el fulgor del reconocimiento y de la revelación: todos somos los mismos, todos somos otros. Cuatro mil ochocientos años distintos e intransferibles, pasados por cada uno y todos, se juntan y convergen. Un millón más tres cuartos de diversos días vividos por los presentes con sus prodigios y desastres y que desembocan en este preciso día, en estas horas que de algún modo, quizá sin saberlo, son ahora una apretada síntesis del tiempo transcurrido. Viriliter age: la sentencia es la misma. Como diría Led Zeppelin: The song remains the same. Y todo el día resonando en la memoria el canto de la comunión: ¿Que dónde está Dios?/ ¿Que dónde está el rey?/ Que si saldrá el sol/ Volverá el ayer/ Que si viene el mar/ y se roba mis huellas…
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Para Juan Francisco. Al amparo de los viejos guayabos de la casa González Luna, Iteso-Clavijero, sucedió la velada. Todo se trata de resumir en la leyenda que ostenta el reconocimiento entregado: La Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán y el ITESO, Universidad Jesuita de Guadalajara, entregan el presente reconocimiento al señor licenciado Juan Francisco González Rodríguez para marcar el vigésimo aniversario de que, gracias a su decisiva intervención como Secretario de Cultura del Gobierno del Estado de Jalisco, se logró preservar el legado arquitectónico e intelectual de Luis Barragán. Tal cual. Queda la evocación de Colbert y de Malraux que a propósito del festejado hiciera Alfonso Alfaro, la amistad y el cariño que ha sabido siempre convocar Juan Francisco.
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Buenos Aires. Sobre la mesa, bajo la luz de la tarde, se despliega el plano de la ciudad soñada. Un recuerdo permanece: los grandes árboles del jardín central y sus ramajes pasmosos. El papel sostiene toda esta teoría de calles y entreveros, de mundos que son y han sido, de gestas y batallas que terminaron por darle forma a la ciudad de Borges:
Una cigarrería sahumó como una rosa/ el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,/ los hombres compartieron un pasado ilusorio./ Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.// A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:/ La juzgo tan eterna como el agua y el aire.
Un levísimo estremecimiento en el plano denota entonces los pasos de una muchacha de pelo rojo que imanta sin saberlo la ciudad, la distancia, estos renglones desbalagados.
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Es un juego intrigante, ciertamente muy divertido. Quienes componen canciones saben del difícil artificio de decir algo mientras acuerdan las palabras, el sentido todo de lo que quisieran decir, a una música que sigue su propia respiración. Y mucho más allá, a convertir en una sola cosa indisoluble lo que las frases evocan con lo que los acordes van dictando, para lograr una composición que se acerque al inicial impulso por atrapar el vértigo que se escapa. Luego la canción viaja, se estaciona, se hace vieja guardada en discos, cintas magnetofónicas, recuerdos. Hasta que el azar o la reminiscencia la reviven y suena de nuevo. Y esa química, esa carga de profundidad madurada por el tiempo y sus laberintos, vuelve entonces a explotar. Una tonada que está irremisiblemente atada a ciertos días, a ciertos pasajes que desembocan en este instante. Entonces el que pasa transcribe la letra, repite la canción obsesivamente, ensaya una traducción que en algo le haga justicia a esa síntesis indivisible de ideas y compases que marcan, ahora, un jalón en el camino. Es el caso de una composición del legendario Ian Anderson y su banda, Jethro Tull. Suena la flauta inconfundible, la voz nasal y dúctil, la sustancia de un rock que se vuelve hoy alimento, combustible, gozo. Esta canción, que cumple 45 años, se llama Razones para esperar:
Qué visión para mis ojos
mirarte dormida.
¿Es que detendrá al sol que asciende
el sonido de tus sollozos?
No eres vista, no eres oída
pero mantengo mi palabra.
Viajé mil millas
sólo para atisbar tu sonrisa.
Qué día para la risa
y para caminar en la noche.
Yo a tu vera, sosteniendo firme tu mano.
Y el recuerdo es nítido con la canción que oyes.
Si solo pudiera
con estas palabras despertar el sentimiento.
Qué razón para la espera
y soñar con los sueños.
Así que aquí va esto confiando en tu fe en tramas imposibles
nacidas en el lamento del viento que pasa
mientras la luz que agoniza trae el final de una noche de amor.
jpalomar@informador.com.mx