Diario de un espectador
Atmosféricas. Los marzos idos: termina de desfilar este mes que sabe cada año traer prodigios y vaticinios. Rompen contra la ladera enardecida los fuegos morados de una floración que de tan querida, y tan sabida, se calla. El colorín de Abisinia del jardín del Iteso hace funcionar sus últimas pirotecnias y el que pasa se pregunta, largamente, si de verdad en África tuvo su origen este portento y si Rimbaud, alguna vez, mientras escribía sus cartas, en las que pedía manuales técnicos para los arduos oficios en que se empeñaba, se sentó debajo de la copa de un ser como este, consideró sus ramas retorcidas y densas, su follaje encendido de un rojo imposible, sus raíces que forman el mapa orográfico de las pasiones más intensas y fatales. Tal vez el poeta, el ángel desterrado y maldito, encontró bajo la sombra del colorín de Abisinia, en alguna polvorienta plazuela de Harar, la misma paz que ahora este árbol derrama, engañosamente, mientras irradia toda la potencia que provino de estas duras semillas rojas que recuerdan, inevitablemente, a la infancia. Era la mañana, y era el jardín junto a la laguna, en Tipontate, y un señor que ya no está le enseñaba a dos niños a abrir con cuidado las vainas de los colorines nativos y a desprender las mismas semillas rojas. Si se las tallaba contra la ropa, sabían quemar. Pero luego iban a parar a un jarrón de vidrio soplado de San Pedro que con los meses y los años se fue llenando de la cosecha infantil. Ahora, medio siglo después, allí sigue el trofeo. Y habrá que plantar colorines: en el otro jardín de Tacubaya, en el reino de la infancia, en salud y recuerdo de Rimbaud, de Luis Barragán a quien tanto gustaban, de aquel señor que ya no está, de los niños de entonces, de los niños de ahora.
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Octavio Paz nació en Mixcoac el 31 de marzo de 1914. En las Efemérides del Calendario del más antiguo Galván se lee para esa fecha: “En la segunda quincena del mes que hoy fina, se han estado librando formidables batallas entre las fuerzas del Gobierno y los revolucionarios del Norte, que operan cerca de Torreón. Ambas fuerzas han luchado con valor y temeridad, y el número de bajas ha sido espantoso, apenas se le puede dar crédito, pues se asegura no haber ejemplo semejante”. Bajo el signo de “la metralla y el obús”, como diría López Velarde, nació Paz. Dos meses y medio más tarde dejaría la presidencia Victoriano Huerta, con el país sumido en las más sangrientas y delirantes trifulcas. Octavio Paz llevará siempre a cuestas esa infancia marcada por una revolución que en sus ensayos y en su poesía tratará de entender, explicar y exorcizar en lo posible. Entre tantas cosas que México le debe a Paz están su apuesta liberal, su firme convicción democrática y unos horizontes culturales que le permitieron mirar más allá de la humareda de la pólvora y de los torpes dogmas confeccionados con los retazos de aquella disparatada revolución de sus dos primeras décadas de vida.
Cien años después, corresponde con más que plena justicia celebrar a uno de los hombres que supieron, ellos solos, elevar radicalmente el debate intelectual y artístico de este país, y volvernos —en su medida— contemporáneos de todos los hombres. Era una noche posiblemente de junio y Juan Soriano recibía en el Teatro Degollado el Premio Jalisco (de los que valían la pena). Como convidado del pintor vino uno de sus grandes amigos, Octavio Paz. Fue al poeta a quien correspondió pronunciar el elogio de Soriano. Algo dijo de Ireneo Paz, su abuelo tapatío, de las nubes de Guadalajara y del Agua Azul, de las cuatro plazas que rodean a Catedral “como una mano abierta” (quizás el mejor elogio que este espectador haya oído sobre la cruz de plazas de Díaz Morales). Y dejó también, de Juan Soriano, un retrato memorable y generoso. El convite se trasladó después al patio del Museo. Era un gentío. En un momento, Paz se recargó —quizás un poco fatigado— contra una columna. Dos jóvenes muy tímidos se acercaron entonces a ese monstruo de las letras universales. Balbucearon alguna modesta solicitud para su participación en una nunca realizada exposición sobre Luis Barragán. Paz oyó con calma, aún con gentileza, la embajada de los muchachos. Una era Kuni Hartung. Pareció, el poeta, apreciar como al paso la sutil belleza de la temprana arquitecta. Elogió a Barragán. Dijo que sí, que seguramente, que lo buscaran más adelante. Estrechó firmemente, con una sonrisa, las manos que titubeaban, se quedó viendo la pila y las arcadas del recinto, fue luego arrastrado por el tumulto que lo asediaba. Ni Kuni, ni Paz, ni Juan Soriano, son ya de este mundo. Pero queda, de cada uno de ellos, un recuerdo luminoso y fecundo. Octavio Paz nos enseñó a ver, a entender, a juzgar –y a dudar. Quizá sus únicas certezas estén en su inmensa poesía:
Certeza
Si es real la luz blanca
de esta lámpara, real
la mano que escribe, ¿son reales
los ojos que miran lo escrito?
De una palabra a la otra
lo que digo se desvanece.
Yo sé que estoy vivo
entre dos paréntesis.
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En este país, si se pregunta a cualquiera que haya salido de prepa si sabe inglés, contesta que sí. Lo mismo en muchas otras partes. Lo cual es evidentemente falso, salvo en Alemania u Holanda y pocos lugares más. Al español nunca se lo va a tragar el inglés (ni siquiera lo que pasa por ser inglés en las burradas que se oyen en los medios de comunicación) por la sencilla razón de que la inmensa mayoría de la gente es pésima para los idiomas y además la enseñanza de éstos en las escuelas es también fatal. ¿Entonces por qué en la tele, el radio, hasta las revistas de “sociales” se meten a tontas y a locas frasecitas supuestamente en inglés? Por ejemplo, al final de los anuncios de Nissan, dicen alguna boruquita inentendible “en inglés”. Que se sepa, es una compañía japonesa que está tratando de vender coches al público mexicano. Pero lo que sí pudre el idioma es el uso aberrante de palabrejas que, emparentadas con términos en español (en general por el latín), se copian malamente y se les atribuyen significados que no están en el diccionario de la lengua castellana: “aplicar”, “atender”, “replicar” y muchos etcéteras. Y a nadie parece importarle.
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México. Vez tras vez subir trabajosamente las escaleras de la torre del optimismo. Irse ganando el paisaje, entendiendo la magnitud del esfuerzo, aprendiendo otra vez la gravedad, el sentido de levantar una torre sobre el mundo. Y arriba, la gloria del bosque de Chapultepec, las flamas del morado de Cuaresma, el perfil trágico y severo del castillo de Chapultepec con el que ahora se puede hablar de tú a tú. Crece ya, allí, un jardín, y las flores amarillas del palo loco destellan contra los muros de concreto de un rojo oscurecido. Se afanan los jardineros, contentos, mientras cada árbol va quedando en su lugar. Siempre, siempre, construimos futuras ruinas. Mientras tanto, fulgure el tequila, suba al cielo el humo que festeja este día. Regrese el que pasa al amparo del rojizo resplandor.
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