Diario de un espectador
Del jardín. Una estramancia enorme y multicolor aparece en medio del claro de zacate. Se bambolea con gestos de gelatina. Un alarmante ruido de motor fuera de borda acompaña su ascensión. Se trata de un resbaladero provisto de juegos de agua, que allí esperará a la tropa infantil cuyo asalto será, sin duda, temible. Dos niños celebran el tránsito de sus años con una banda de amigos. El guayabo, azorado, mira como crece el recién llegado, se expande y ocupa cada vez más campo, como un convidado confianzudo y ampuloso. El jazmín, ajeno a la festiva intromisión, sigue concentrado en lo suyo. Queda una cajita de madera llena de sus flores, con una de ellas como bandera, en testimonio de sus trabajos.
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De México. Otra vuelta de tuerca. El taxista de ida divierte con su cháchara voluble y simpática. Al final, con un truco de prestidigitador, cambia un billete por otro y se lleva una lana extra, como los verdaderos y clásicos pícaros, esa especie indestructible e inmemorial. Ya en la de los palacios, otros taxistas despliegan sus variados talantes que oscilan entre el huraño (y agradecible) silencio y la locuacidad chilanga. Frente al bosque de Chapultepec la torre del optimismo sigue alcanzando nuevas cotas. Trepando por los andamios es ya posible llegar al nivel en que las copas de los árboles son un mar de pasmosa belleza. Más abajo, un claro entre las frondas revela una inesperada ventana por la que árboles más lejanos se asoman y dan una impensada profundidad al panorama. El concreto de los muros relumbra con flamas oscuras y rojizas mientras los albañiles almuerzan con ritual puntualidad. Luego, trepan por las varillas desafiando al vértigo, armados de una enigmática sonrisa y provistos de las alas que tienen sólo ciertos albañiles tocados por la gracia. Desde la azotea de la casa verde, entre el fragor de rayas y humaredas, una vista oblicua deja ver a los bravos operarios, suspendidos en el vacío, interperritos. Uno fumaba.
Capoteando a trovadores y vendedores, tres amigos comen sobre una banqueta de la Condesa. La señora había llegado provista de sendos regalos: dos libros cuidadosamente escogidos, enfundados en primorosos envoltorios. A su salud es la reunión y los tequilas que se levantan. Pascal Quignard cita a San Juan de la Cruz: Para venir a lo que no sabes/ has de ir por donde no sabes.
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www.youtube.com/watch?v=r8NZa9wYZ_U David Bowie tiene unas canciones horrorosas. Otras oíbles. Muchas espléndidas. Como corresponde a un camaleón. En 1986 Julien Temple dirigió en Londres una extraña película: Absolute beginners. El soundtrack está encabezado por una canción del mismo nombre compuesta e interpretada por Bowie. El video que se enuncia al principio de este párrafo recrea el espíritu del filme, y sobre todo, reproduce el tema del otrora Thin White Duke, mientras éste recorre las callejuelas londinenses en pos de una muchacha elusiva y fascinante. El de los ojos bicolores no deja de asombrar con su inventiva. Recién ha publicado un disco que se llama The next day, su primero en 10 años. Disparejo, como corresponde al personaje. Pero, volviendo a Absolute beginners: una de las mejores canciones de que este espectador tiene memoria. As long as you’re still smiling/ that’s all I really need/ I absolutely love you/ but we’re absolute beginners…
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Un libro en la casa de los amigos siempre está esperando. En veces se encuentra a la primera, como puesto allí cuidadosamente para los ojos del huésped. Otras ocasiones requieren de una cierta búsqueda, de un curioseo por libreros y mesas que nunca debe ser demasiado inquisitivo. Así, a la distraída, aparece exactamente ese volumen que algo tiene que decir a quien llega a la casa. Y luego, releer El Aleph de Borges. Y, para cerrar el círculo, el prodigioso objeto, como casualmente, está sobre el descanso de la escalera. Y convoca al universo. Luego las notas de Satie, insomnes, se sucedían desde los dedos sabios de una muchacha bellísima. Ya desde el tapanco, la irradiación sutil y potentísima del aleph guía al que pasa por sueños inconcebibles que se borran, escritura en la blanda arena, con el oleaje del día que despunta. Pero algo queda. Como las notas del piano, oídas desde la terraza a la que amparan el jardín en sombras y la brasa intermitente de un cigarro. Y llueve.
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Pasajeros a clientes. En algunas líneas aéreas les ha dado por cambiar el nombre lleno de prosapia y encanto de quien aborda un aeroplano: pasajero. Ahora se le denomina, con crasa vulgaridad, cliente. Como el de una zapatería, etcétera. Se ignora de dónde partió tan singular iniciativa. ¿Regulaciones nuevas o más mercadotecnia de baja estofa de las aerolíneas? A saber. El caso es que quieren borrar la ilustre condición de quien se aventura y aborda una nave, de quien cruza mares y territorios, de quien así afronta el misterio y el azar: pasajero. Del que pasa, como todo en este universo insondable.
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Avistamiento en la sierra del Tigre. Fue hace ya años y no se borra su huella. Ya pardeando, el que pasaba, remontado en la sierra, se bajó del coche para abrir un falsete. El bosque era denso y apenas se distinguía la brecha polvorienta y pálida. De pronto, como una aparición, llegado del aire delgado, allí estaba. A una veintena de metros, sobre el camino. Un puma al que rodeaba un espectral y potentísimo silencio. Muy quieto, olfateaba el aire. Giró la cabeza luego y consideró al que pasaba con infinita condescendencia. Dos, tres minutos. Pegó un salto y se esfumó en la oscuridad, dejando atrás el asombro y la indeleble huella de su remota majestad. Y este recuerdo que no ceja. Tiger, tiger, burning bright/ in the forest of the night…
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Los compañeros, en las fotos, revelan el trabajo de los años. Los presentes. Quién se perdió en el camino, quién tomó rumbos ignotos, quién cambió de costumbres y ya no habita el planeta. Pero los presentes, a lo lejos, ríen y beben sus destinos con el calor que emiten las temporadas del colegio y sus trasuntos, cada vez más lejanos. El patio del Instituto de Ciencias, con sus respectivas transformaciones, abriga el alegre condumio. En misa, las mismas voces deben haber repetido las mismas palabras, recordado a los ausentes. Desde muy lejos un compañero nunca vuelto a ver en cuatro décadas manda unas líneas: tanto fuego, tanta flama. Y esto.
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