Diario de un espectador
Atmosféricas. La bugambilia del muro del fondo del jardín decidió este año utilizar todas sus reservas de la pólvora morada de su floración. Doméstico prodigio que ahora transfigura toda la casa agradecida: el muro de los cuartos que dan al poniente tiñen sus paredes de un resplandor púrpura que trae el júbilo y la gracia. Caminando sobre la terraza —puente de un barco que navega inmóvil— las cavilaciones hallan de repente la iluminación frente a la vista de este prodigio. Rayas después que algo tendrán de esa reverberación imantada y feliz. Junto a ese magenta de delirio, entreveradas como lo sabe hacer la fatalidad con la esperanza, las exquisitas flores del artero muérdago ofrecen un exacto contrapunto de color. Remedios contra la desventura, consolación de los reveses, celebración del tiempo, augurio de nuevos días, la bugambilia canta su intensidad contra los adobes que el tiempo ennoblece.
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Tres de abril: un cuarto de siglo después. Maintien, decía. Así ha tratado de ser. De 18 años antes, 1970, un disco clave de The Moody Blues se llamó con un título que hubiera reconocido: A question of balance. De allí, una frase que también hubiera suscrito: Thinking is the best way to travel. XXV, pues: AMDG.
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Santa Cruz: navegaciones de una casa. A veces con marea baja, otras veces boyante de reparaciones y cuidados. Vio perderse hace muchos años al ingenio que le daba sentido y rima. Reencontró en las risas de los niños y las cabalgatas indescriptibles y épicas su vocación de navío de las estaciones. Los árboles de su patio sumergido en lo umbrío de su hondura no han hecho más que prosperar y los arcos del corredor marcan con puntualidad las horas a las que una cruz alguna vez adornada por lujosos neones da el exacto ritmo. El mirador provee, a pesar de ciertos estorbos que nublan la vista, un panorama que sigue, cada vez, cortando el aliento. Los volcanes aparecen y se esfuman según la gana de las nubes y la bruma tornadiza. Estropicios y desgastes pueblan la casa: ella sabe que no son más que pasajeras raspaduras en una embarcación que sabe ir lejos. En medio de la decadencia veleidosa, de la fortuna esquiva y avara, la casa mantiene su sólida fábrica de viento y desde la cocina llega el rítmico rumor de las tortillas que fabrican mujeres laboriosas. Y la espadaña de la capilla en ruinas levanta interperrita su lección de humildad y gracia.
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Paloma de este diluvio. Le ha dado por buscar su comida junto al pacífico portón de la entrada. A los pasos de quien se acerca contesta con unos brinquitos precavidos. Los colores indescriptibles de su cuello relumbran con las manchas de sol. Luego emprende el vuelo. Viene a decir que la alianza sigue inconmovible, que el mundo es bueno. Abierto el portón, su umbral marca el límite del planeta: con la bendición de la paloma es más propicio emprender otros vuelos.
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Francisco Martínez Negrete caminando sobre el filo de la llama y la dicha:
Llegaste a mí con toda
la luz de tu mirada
tus pechos generosos
y tu sonrisa clara
para ocupar el día
y tejerlo de sueños
de besos y poemas
para ahuyentar el frío
y mostrarme el camino
que lleva al corazón…
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Le preguntaron una vez a Roberto Bolaño: ¿Qué cosas le debe a las mujeres de su vida? Contestó: “Muchísimas. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo por decoro.” (Cita debida al quincuagenario Álvaro Morales.)
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Homeless in Gaza. ¿Cómo empezar a hablar de este hombre sin caer en el patetismo fácil, el lugar común, la deleznable conmiseración? ¿Cómo llegar siquiera a retratar una silueta chamuscada y marcada por los fogonazos del apremio, sentada y recortándose sobre el muro blanco del anochecer? ¿Cómo cerrar la puerta, tomar el vaso de agua, irse a dormir a unos cuantos metros? Porque como un león abatido —siempre por el momento— recogerá sus andrajos de rey, terciará su bastimento de asceta purísimo, se alzará y caminará otra vez por la ciudad sobre la que ejerce una invencible soberanía. Sabe que contados están sus días: el potro del alcohol lo trabaja sin tregua. Arde con mayor gloria que las veladoras que al pie de los altares cantan la grandeza de Dios. Cumple un trayecto errático y preciso sobre la ciudad que sus pasos redimen y salvan. Bendice al andar, imperceptiblemente, las buenas casas donde sueñan los niños y que se sienten seguras, confiadas en una paz que solamente el de los pasos vacilantes y fatales puede conferirles. Emite ineluctables profecías. Recibe, también sin saberlo, las bendiciones de quienes reconocen en él a uno de los elegidos del Reino que está para él.
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Letrero indicador. Cerca de cualquier cruce de caminos del ardiente Sur de la cuaresma se encuentra la señal. Un desperfecto en su sujeción lo hace depender de solamente uno de sus soportes. Así, el viento de la estación lo hace girar a su guisa y le ha dado a su superficie la curva de su fuerza porfiada. Letrero que tiene el nombre de un pueblo no lejano: su ubicación da vueltas ahora por todas las direcciones de la rosa de los vientos. Veleta, compás, derviche del camino: el letrero sitúa al pueblo en cualquier lugar que el horizonte depara. En la plaza del pueblo, los viejos que toman el sol en la plaza aseguran ser atacados por un leve vértigo, juran ver oscilar ligeramente las torres de la parroquia y un repique que nadie toca confirma sus aseveraciones. Gentes que llegan al crucero se encuentran de repente camino al mar o remontando una brecha que los interna en la Sierra del Tigre. La señal gira y gira, y los cañaverales obedecen dócilmente, unánimes espadas de suavidad al aire, el arbitrio del bailarín que se solaza, gozoso, en decir que todos lados es el mismo ahora.
jpalomar@informador.com.mx