De concertino a concertista
La distancia entre un concertino y un concertista puede ser de un paso… o de un abismo. Depende de cada caso. En el de Angélica Olivo, violinista principal de la Orquesta Filarmónica de Jalisco (OFJ), al recibir la alternativa para fungir como solista en la interpretación de la Sinfonía Española para Violín y Orquesta, Op. 21, de Edouard Lalo, en el quinto programa de la Primera Temporada 2017 del ensamble, los pasados jueves y domingo en el Teatro Degollado, posiblemente haya ocurrido lo primero. Una cosa es hacerse cargo de los solos en algunas partituras y ser el referente sonoro para las demás secciones de la orquesta, y otra muy diferente llevar sobre las espaldas la carga de la principal obra de un programa.
Con una seguridad y un aplomo notables, especialmente por su juventud, Angélica denotó solvencia técnica, agilidad, virtuosismo y dominio de la composición que le fue encomendada; todo a nivel sobresaliente. A despecho del protocolo, los aplausos espontáneos de buena parte de la concurrencia, al final del primero y el tercer movimiento, en la velada del jueves, le quitaron presión y le dieron la confianza necesaria para enfrentar airosamente las exigencias del resto de la obra.
En el cuarto movimiento, sobre todo, Angélica, ya totalmente relajada, exhibió su gran compenetración con el alma de la composición a su cargo, y proyectó, quizá, sus momentos más plenos de inspiración. El quinto movimiento fue un alarde de digitalización. Y el encore que obsequió, un dechado de maestría y delicadeza.
El programa se complementó con dos obras de inspiración mexicana, primordialmente rítmicas, que se han ganado a pulso la inclusión en todos los repertorios: el Salón México, de Copland, y el Danzón No. 2, de Arturo Márquez.
Como colofón se programó Iberia, de las Imágenes para orquesta, de Debussy. Marco Parisotto, titular de la OFJ, la dirigió sin batuta. Y aunque a veces un director sin batuta parece un espadachín sin florete o un cowboy sin pistola, Marco esculpió, a mano limpia, uno a uno, los relieves de una partitura característica por la profusión de volúmenes y colores; muy propicia, por lo demás, para dejar constancia de la madurez musical que tiene actualmente la OFJ.