Ideas

Cuando muera, quiero verme como usted

—Tocayo querido, qué gusto verle— solía recibirme con generosidad injustificada cada entrevista.

La sonrisa gentil, la voz cálida y seductora y el impecable aspecto de quien lucía siempre como acabado de salir de la regadera, recién perfumado. Alto, pelo cano, pantalón de vestir combinado a la perfección con una camisa formal y un suéter delgado, cashmere tal vez, a los que a veces sustituía un traje oscuro que parecía confeccionado a la medida. El remate, zapatos con personalidad boleados la víspera y una corbata firme o algún pañuelo en el bolsillo. Algo de caballero mexicano, otro tanto de gentleman inglés.

Lo entrevisté en la mañana, en la tarde, en la noche. En su casa capitalina de San Jerónimo, en el jardín del Quinta Real Guadalajara durante la FIL, en algún salón del Hilton de La Alameda. Lástima que nunca en Londres, donde vivía la mitad del año. Nunca me citó ahí: él fijaba día, hora y lugar. Yo acudía puntual al llamado. Aparecía, estilo perfecto, unos minutos tarde, los del protocolo. Nunca desaliñado, demacrado, avejentado, dejado de sí mismo, menos enfermo.

– Cuando tenga sus ochenta quiero verme como usted – me atreví a decirle una vez frente a la cámara y se sonrojó. El hombre caminaba y nadaba mucho.

La última vez que nos encontramos ridiculizó en una frase a López Obrador y Peña Nieto, desdeñó a Josefina. Su candidato era Marcelo, pero no llegó, y lo lamentaba. Insistía que tantos partidos eran un lastre democrático, que debían existir sólo dos en México, pero fuertes: uno de centroderecha (conformado por el PAN y el ala neoliberal del PRI) y otro de centroizquierda (hecho del PRD y los nacionalistas del PRI).

Había que preguntarle rápido y estar atento. Contestaba breve y contundentemente. Primero política, luego literatura. Me encantaba oírlo contar –creo que por eso se lo preguntaba siempre– la historia de que más vale que las musas lleguen cuando estés trabajando. Decía que él no era de los que esperaban distraídos el feliz arribo de la inspiración, sino que cada mañana temprano se despertaba a las 6:30, desayunaba y se sentaba a escribir de 8:00 a 1:00. Las musas, misericordes, asisten al obrero esforzado.

¿El Nobel? Cuando se lo dieron a Gabo me lo dieron a mí, es mi generación, con eso basta. ¿No le gustaría? A quién no (levantó los hombros). ¿Usa computadora? ¡No! Yo soy escritor como Cervantes, de pluma fuente nada más.

Un gran seductor. Por eso escribía así.

La primera vez que me embrujó la cadencia con que él leía fue cuando cubrí, a finales de los noventa, una conferencia que impartió en Bellas Artes.

La bocina estaba hasta atrás del salón y como mi deber de reportero de la XEW era captar el audio con la mejor calidad posible lo escuché sin alcanzar a verlo. “Este hombre debería hablar diario en la radio”, pensé.

Este lunes 21 de mayo de 2012, en su magnífica casa escondida en el empedrado del Sur de la Ciudad de México teníamos agendada una entrevista. La última que no lo fue. Seguro alistaría, como era costumbre, la sala de abajo, clásica, con olor a provincia y ventanales abiertos al patio interior, con mesitas presumiendo las fotos familiares en las que salen guapísimos y en las paredes obras de arte de sus amigos, vivos y muertos, que no orean un lienzo en galería por menos de un millón de dólares.

Mientras llega nuestra próxima conversación, estaré imaginando que Carlos Fuentes aparecerá recién rasurado tras alguna puerta mágica, extenderá los brazos en suéter de cashmere y me volverá a decir: tocayo querido, qué gusto verle.

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