Cuando la Casa Jalisco se convirtió en hamburguesería
Es una buena metáfora de la decadencia tapatía o jalisciense. La aparición de una fotografía en internet activa el mecanismo. En ella se aprecia una vista de la antigua Casa Jalisco, que muchos alcanzamos a conocer, sobre la Avenida Vallarta, esquina con Progreso. La propiedad daba hasta Pedro Moreno. La ilustración proviene de la magnífica colección de vistas citadinas contenida en la interesante serie “Exclusivas Julio”, y que merecería —en beneficio de la memoria colectiva— una edición en su conjunto.
En la antigua colonia Reforma existía una manzana de excepción. Es la que circundan Lafayette, Vallarta, Progreso y Pedro Moreno. Fue ocupada en sus inicios por la magnífica Casa Schneider, provista de amplios jardines. Después, bajo la propiedad de los Cuzin, se llamó Villa Normandía. Al final fue la casa de don Javier Quevedo hasta que fue vendida a Bancomer, institución que lastimosamente destruyó la muy meritoria construcción y levantó el lamentable bunker de concreto que hasta hoy se aprecia.
Pero, previamente, la manzana fue subdividida. En la parte oriente don René Cuzin estableció su residencia. El proyecto, según algunas suposiciones, se debería al prestigiado despacho de Castellanos y Martínez Negrete, tal vez con Julio de la Peña ya integrado en la firma. En todo caso, muestra innegables rasgos provenientes de lo que se ha venido conociendo como Escuela Tapatía de Arquitectura. La finca debió haber datado de fines de los años treinta o principios de los cuarenta.
Con buen tino, el gobernador Juan Gil Preciado (¿o sería desde don Agustín Yáñez?) la adquirió para ser la casa Jalisco, posiblemente a mediados de los años cincuenta. Y por varios años fue una referencia clara y obligada de ese corredor excepcional que llegó a ser la Avenida Vallarta. Muy blanca, discreta, pero con una agradable y reconocible presencia mediante la que el Gobierno estatal se adscribía tácitamente a lo mejor de la arquitectura que han dado estas tierras.
Tema aparte sería el de hacer la crónica de la Avenida Vallarta y sus gravísimas pérdidas, antes de las cuales era considerada como la versión local del Paseo Montejo de Mérida. Baste citar, en los alrededores inmediatos a la antigua Casa Jalisco, la notable casa de don Tito Collignon, que ocupaba el lugar del más que deplorable bodrio de Teléfonos de México de enfrente, o la casa Stettner a su costado poniente. O la vistosa casa de don Ricardo Bell en la esquina surponiente de Lafayette y Vallarta, o la casa Castellanos en la esquina frontera a la anterior. En fin, otra gran oportunidad perdida para el orgullo y la identidad regionales.
El caso es que, a lo que parece, durante el sexenio de Francisco Medina Ascencio se decidió cambiar la Casa Jalisco a su actual ubicación, dentro de una muy mediana construcción “neocolonial” muy lejana en calidad y presencia a su antecesora. Quizás se esgrimieron razones de “seguridad” (u otras). Con todas las proporciones guardadas es como si la presidencia francesa decidiera cambiar su residencia del Palacio del Eliseo pretextando algo parecido. Las cosas se arreglan y punto.
Para rematar la pérdida, el terreno fue vendido (¿por qué?) a una cadena de hamburgueserías (McDonalds) la que procedió a demoler la edificación con altos valores patrimoniales y a levantar allí la triste instalación que ahora se aprecia. Como decíamos, toda una metáfora: cambalachar una sede agraciada, digna y sobria para la casa de todos los jaliscienses por un expendio de comida chatarra, en un lugar muy señalado y dentro de uno de los corredores más emblemáticos de Guadalajara. Que no se olvide.