Corrupción de las palabras: corrupción de la ciudad
Babel es la confusión por excelencia. El momento en el que los hombres ya no pudieron tener la común base del lenguaje para comunicarse, y para lograr un objetivo antes compartido. Cuando a las cosas simples y cotidianas, una piedra o un cincel, ya no fue posible identificarlas y por lo tanto hacerlas útiles.
La ciudad es una babel de propósitos, atenuada y regulada por ordenamientos que vienen de leyes y reglamentos, y también del sentido común. Cada individuo tiene sus propios y legítimos fines que encuentran sus límites en los derechos de otros para perseguir su propio deseo. Un semáforo, por ejemplo, o un plan parcial de urbanización, el código civil o la elemental cortesía. Todo con su más o menos. Pero queda claro que sin el consenso social para acatar toda una serie de lineamientos de convivencia la ciudad se vuelve una selva sometida a la ley del más fuerte, o del más gandaya.
El mismo lenguaje, léxico y gramática común con que se designan las cosas de la ciudad es un fundamento esencial para el mutuo entendimiento. Sin ellos, derivamos hacia la confusión, la pérdida de identificación con objetivos comunes, el arraigo con los entornos urbanos. La pérdida y mudanza de nombres anclados en la tradición y la costumbre ciudadana representa una grave mengua para lo anterior. Y los ejemplos de esto sobran.
Pero también hay corrupciones más profundas. La Real Academia Española de la Lengua define “plaza” como “lugar ancho y espacioso dentro de un poblado, al que suelen afluir varias calles.” Todo mundo sabía qué eran esos espacios y cómo reconocerlos. De allí se desprende su significado para la ciudadanía. Entre nosotros, desde la década de los sesenta se dio por designar como “plaza” a conjuntos de tiendas a los que se llega preferentemente en vehículo de motor. Así que ahora hay “plazas” de todo, por todas partes que no son espacios públicos de uso gratuito, sino entornos meramente comerciales.
Otro ejemplo: la misma RAE define “ciudad” como “Conjunto de edificios y calles, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas.” De nuevo, todos entendemos este concepto y lo diferenciamos claramente del campo, o de los pueblos. Nada más que de un tiempo a esta parte les ha dado por querer nombrar a un conjunto de edificios determinado, o aun a un solo edificio como “ciudad”: la “ciudad” judicial, la “ciudad” de la salud, etcétera.
Así que ciudad y plaza, dos de las piezas esenciales de la indispensable y común gramática urbana comenzaron su corrupción, y esto con fines ante todo publicitarios y de grandilocuencia demagógica, supuestamente benéfica para los que tratan así de dar gato por liebre. Otras corrupciones: la curiosa avaricia de preposiciones y artículos que ha querido deformar nombres entrañables: Bosque de los Colomos (sin el “de”), bosque de La Primavera (igual), Plaza de la Liberación (sin preposición y artículo), Plaza de los Laureles (con el redundante “Guadalajara”), Mercado de San Juan de Dios (sin “de”) San Pedro Tlaquepaque (sin el santo patrono), Parque de la Revolución (sin “de” y “la”). ¿Qué sigue?: ¿”Barranca Oblatos”? ¿”Iglesia Paz e iglesia Carmen”? ¿”Catedral Guadalajara”? ¿”San Juan Dios”? ¿”Plaza Mariachis”? Y en el ámbito del estado: “San Juan Lagos”, “Lagos Moreno”, “Altos Jalisco”, “San Miguel Alto”… y un largo, potencial y dañino etcétera.
Decirle a las cosas por su nombre –uno común, arraigado y aceptado por la gente- está en la base de una satisfactoria convivencia urbana. No es cosa menor. Andar de tacaños (y telegráficos) o de pretensiosos o demagogos con los nombres de las cosas significa una corrupción que ataca la raíz misma de lo que para todos es el contexto comunitario.
>