Ideas

Contra la ciudad fodonga

Las ciudades, como la gente, tienen hábitos. De orden, limpieza, decoro, puntualidad… o de lo contrario. Es fama que Guadalajara, a lo largo de siglos de historia, fue una ciudad que cuidaba de sí misma con esmero. Y al cuidar de sí misma, generaba un entorno de amabilidad y reconocimiento entre sus habitantes. Y entre los visitantes, suscitaba consideración, respeto, aún admiración.

Basta examinar los miles de fotografías históricas de la imagen tapatía almacenadas en archivos y sitios cibernéticos: el casi invariable común denominador es la limpieza de sus calles, el cuidado de construcciones y plazas. Casi siempre fue una ciudad modesta, discreta, con sus barrios más pudientes o más pobres: y sin embargo, la gente barría, regaba, enjarraba sus casas y las encalaba o pintaba. Los arbolados eran frondosos y bien dispuestos. Los pavimentos de piedra de castilla, hechos con excelente oficio, eran famosos por su buena factura y lo parejo de su acabado. Claro que había baches, pozos, imperfecciones: los menos. Pero una costumbre, un hábito de decoro y respeto por sí misma reinaba en Guadalajara.

No es tan remota la época en la que la fama tapatía de urbe ordenada, respetuosa y grata para habitantes y visitantes, era común moneda de cambio en la mentalidad de propios y extraños. Esto aún sucedía en los años sesenta del siglo pasado. Mucha gente podrá recordar los batallones de barrenderos, provistos de un diablito acondicionado con un tambo de 200 litros y una escoba de popotes, que peinaban la ciudad limpiándola constantemente. O las barredoras —las “bigotonas”— que hacían las delicias de los niños cuando pasaban por las calles. O los camellones bien cuidados y llenos de rosas, los muros blanqueados y carentes de grafiti, las plazas impecables, el cielo limpio y libre de “espectaculares”… Quedan muchas postales, muchos testimonios de que el hábito del orden, la limpieza y el amor propio de los ciudadanos se hacía presente, y las autoridades municipales cumplían con un trabajo mantenido a lo largo de muchas generaciones.

Hasta que nos alcanzó una vida que estableció la cuachalotez urbana, que volvió a Guadalajara —en más de un aspecto— una ciudad fodonga, alejada de sus antiguos hábitos.

Históricamente, mucho tiene que ver este cambio con las premuras que aquejaron a Guadalajara a partir de los años setenta. Fuerte inmigración desde el campo, aparición de vastos asentamientos irregulares, dispersión creciente de la mancha urbana, menores recursos per cápita, pérdida o dilución de la identidad colectiva, etcétera. Porque, ciertamente, era la propia gente la que solía imponer la costumbre de la limpieza y el decoro, y las autoridades actuaban en consecuencia. Las décadas siguientes han sido escenario de múltiples extravíos. Desde la autoridad que no cumple y exige —con reglamentos en la mano— su deber de mantener el orden, hasta la gente común que ya no se da el tiempo de barrer su banqueta, de conservar sus casas, de pintar sus bardas, de cuidar sus árboles. El desorden visual se ha establecido y es difícil pedir decoro a cada habitante cuando el ámbito público tiene tan graves fallas en su regulación visual.

Es indispensable volver a retomar la tradición, la costumbre y el hábito de la limpieza urbana, del orden y el decoro en la casa común. Esto empieza por la educación y se complementa con la diligencia de las autoridades. Podremos ser una ciudad modesta en sus medios, pero esto no implica renunciar al indispensable orgullo, al esencial respeto por nosotros mismos.

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