Ideas
Comprar una porno
En estos tiempos modernos, en los cuales uno tiene acceso a información en la palma de su mano en cuestión de instantes, las nuevas generaciones están acostumbradas a que todo les sea entregado sin mayor esfuerzo, sin hacer el menor mérito, menospreciando así las titánicas odiseas que pasaba cualquier adolescente calenturiento antes del 2000 para obtener imágenes pornográficas que no fuera la publicidad de ropa interior en la revista Vanidades / Tv Notas de tu tía.
Así, la juventud no valora la valentía, entereza y probidad que debía demostrar quien fuera que se embarcara en la aventura de ir a comprar una revista porno a la antigua.
Entre los diversos retos que uno tenía por delante, se encontraban los siguientes:
i. Juntar algo de lana. Cierto, había gente a quienes sus padres, en un espíritu de generosidad, les daban bastante dinero, sin embargo, la gran mayoría de la gente cuando tiene trece años tiene unas finanzas paupérrimas que impiden tener un margen de libertad para poder decidir sin frenos en qué gastar.
Así, una revista que superara los ochenta pesos era igual de accesible que ganar el control corporativo de Credit Suisse, por lo que no era raro se formaran joint ventures de adolescentes para comprar la revista en cuestión. Igualmente importante era establecer sistemas de administración en cuanto a la posesión para que nadie se la agandallara por demasiado tiempo, junto con otras cláusulas relativas a la amigable composición en caso de conflictos.
ii. Decidir cual comprar. Bajo el lema “escoja usted su perversión” los productores de pornografía han explotado nichos de mercado tan extraños como el lector esté dispuesto a pagar. Así, dentro del grupo de los venturers no faltaba quien tuviera especial predilección por una revista de una raza en particular, de un rango de edad e incluso algunos que pedían que más que una revista pornográfica se comprara una de ginecología cuyas fotos tardaba uno cerca de media hora en entender.
iii. Quien la compra. Todos los grupos de amigos se componen en un porcentaje mayoritario por una bola de zacatones. Así, y cuando se es prepuber, se tiene la errada concepción que comprar una porno equivale en pena de prisión a la que le debieron asignar a Hitler. Sin embargo, nunca falta el momento en que alguien se llena de valor y dice que él va, para, cuando regresa con el botín todos lo miren con un halo de luz que le durará cerca de dos semanas.
iv. Encarar al peligro. Una cosa era hacerte el macho y decirle a los amigos que tu la comprabas, pero otra muy distinta era apersonarte en el kiosko de revistas y fingir estar leyendo el Archie mientras la doña duraba horas en elegir sus revistas y no se iba. Igualmente cruel era el trato que recibías por parte del vendedor, pues el muy enfermo ya desde que llegabas con cara de yo no fui sabía a lo que ibas y se iba a hacer menso nada más para hacerte sufrir, aún a pesar de que el tipo carecía completamente de ética y estaba dispuesto a venderte un riñón robado a un niño de la calle.
Finalmente, con voz baja pedías la Playboy solo para ver que el ruco ya la tenía en la mano desde hace rato y te pedía los ochenta pesos sin inmutarse.
v. Esconderla. Dado que la revista es un ente físico y por las leyes científicas necesariamente tiene que ocupar un espacio, uno de los mayores problemas era determinar en qué parte de tu casa la ibas a guardar hasta en tanto le tocara a otro de los asociados. Una pésima elección era debajo de los colchones de tus hermanas, las probabilidades de que al tender las camas encontraran la revista eran muy altas.