¡Como trompo chillador…!
Así decíamos cuando hablábamos de alguien que era muy activo, que tenía muchos intereses, que hacía muchas cosas, o sea que siempre andaba “como trompo chillador”, al parecerse a los trompos de madera con punta de clavo que, los que eran muy buenos, cuando los lanzaban a la tierra envueltos en la piola bien ensalivada, hasta chillaban demostrando su energía. Este trompo del que les quiero platicar “les da tres y las malas” a los de aquellos tiempos; sólo que de quien hablo es de un museo. Un museo que chilla de alegría y de las cosas formidables que tiene para enseñar a sus visitantes. Es un museo para los niños (sin importar edad o condición). Se prohíbe la entrada a los que con el vivir se han hecho serios y enfadosos. Fiuuu… ¡qué bueno!
En El Trompo Mágico pasan cosas -casi mágicas- con las que se trata de construir en el alma de los niños el México que todos queremos, y que muy pronto estará en manos de ellos “como trompo chillador”.
Estoy de acuerdo que la denominación “museo” no le queda muy bien que digamos, porque lo que menos tiene es exhibiciones de cosas viejas y aburridas, no. Ahí todo es acción y diversión en la enseñanza los escenarios de la vida real: una tienda de frutas de a mentiras; una clínica simulada; un espacio para tocar música de rock; una serie de aparatos en donde -divertidísimo- se aprenden las leyes de la física; un espacio en donde algunos de los científicos importantes de nuestros días explican de viva voz el porqué escogieron esa carrera. (Por cierto, en estos días tuvimos la visita de un eminente biólogo marino: don Juan Luis Cifuentes; quien nos explicó con lujo de detalles sus andanzas como “Buzo Caperuzo” en los océanos de todo el mundo. Durante el evento fue divertidísimo ver enormes globos en forma de pez, que dirigidos a control remoto, flotaban entre los asistentes). Una biblioteca con los montones de cuentos que puedan imaginar; talleres de pintura y escultura, y muchas cosas más que se me escapan de momento. Pero sobre todo… es de admirar la belleza del lugar, el orden, la gentileza y el conocimiento de todo el personal, que literalmente se desvive por atender y explicar cuanta cosa venga al caso. Felicidades a nosotros tapatíos de tener un lugar como éste ¡A la altura del que nos pongan por enfrente!
Y si esto no bastara… hay que ver la exhibición de las “pinturas originales” de los artistas mexicanos (Siqueiros, González Camarena, Olga Costa, Leonora Cárrington, Friedeberg y Soriano, por mencionar algunos de ellos), cuyos trabajos son los que aparecen en las portadas de los libros de texto oficiales. Ya recordarán aquella imponente “Madre Patria”, de González Camarena, que lucía heroica portando una bandera en el libro de geografía.
Y si todavía eso no bastara… habrá que ver la exhibición La Gran Fuerza de México, motivo de orgullo para todos los mexicanos; en donde podemos observar las decenas de herramientas con que cuenta nuestro ejército para resolver situaciones de emergencia, o para protegernos de los malosos que desgraciadamente pululan en nuestros días. Vehículos súper equipados, aviones, lanchas, autos anfibios, helicópteros y aviones de todos tipos, equipos camuflados, vestimentas especiales y toda la parafernalia de defensa y protección que se puedan imaginar; a donde todo mundo tiene acceso guiados y asesorados por el personal del mismo ejercito. Esto nos da idea del gran país en donde tenemos el privilegio de vivir.
En un momento dado, cuando en los altavoces se escuchó el Himno Nacional, los soldados se cuadraron mirando al frente y todos los visitantes -papás, niños, señoras y abuelos- siguiendo su ejemplo, quitándonos gorras sombreros y cuadrándonos también, cantamos a coro nuestro himno. Un pensamiento posterior, en silencio y con orgullo parecía estar diciendo… ¡Esto es nuestro México! ¡El México que todos queremos!
¡Felicidades al Trompo (chillador) Mágico…! Realmente es digno de admirarse.