Cascabel de plata y oro
Andaría yo frisando los primeros 16, de la friolera de años que a estas alturas me cargo, cuando los efluvios melódicos de la hoy extinta Rondalla tapatía se me anidaban en los laberintos auditivos y me daban tres vueltas en los cerebrales que se alborotaban, particularmente, con su gustado tema intitulado “Novia mía, novia mía”.
Para los legos en el asunto o, más bien, para los tres cuartos de humanidad que hoy es menor que yo, ilustro que en la citada canción, tras imponer un contundente “tienes que ser mi mujer”, un enamorado galán enunciaba sus febriles intenciones de llevar a los altares, cantando con alegría, a su prenda amada.
En plenas mocedades, tan arrebatados empeños expresados armónicamente por aquellas 22 voces y 22 guitarras me incitaban el frenesí de ver que un apuesto mancebo se apostara al pie de mi ventana, convencido de apostar sus dotes y dones a mi favor y tan deseoso de recorrer conmigo la alfombra roja, a los acordes de la marcha de Mendelsohn. Y luego, después de haber alimentado mis fantasías con la lectura de las crónicas nupciales de la época, ya me andaba porque llegara la hora en que fuera yo la protagonista de una de ellas, ataviada con un vestido de shantung, con tocado y ramo de azahares, caminando entre cirios y gladiolos, bajo la majestuosa luz feérica del templo más grande de Guadalajara, para que me rindiera la cauda de diez metros que se desprendería de mi cintura.
Y ande usted que, apenas un sexenio después, se me cumplió el antojito de convertirme en el “cascabel de plata y oro” (como decía la canción) de un guapo individuo quien, con una sola voz y sin guitarra, me convenció de compartir con él los siguientes 39 años que acabamos de cumplir juntos, sin contar los que nos falten.
Sobra anotar que ni en la crónica de la boda (ni en la ceremonia misma) figuraron los elementos que de memoria aprendí como sinónimo de brillo y lucimiento social; Mendelssohn no se manifestó, la luz feérica se fundió, los cirios y gladiolos cedieron su lugar a los humildes claveles y los centavos no nos ajustaron ni para una colita de medio metro que sobresaliera del modesto vestido de manta (a tono con el pleno auge de la moda hippie y las canciones de protesta), con que me atavié para mis esponsales que tuvieron lugar en la iglesia más chiquita de Huentitán el bajo.
Empero, una vez felizmente casada, la vida tomó buenos cauces y, cuando menos acordé, me vi favorecida con el advenimiento de dos hermosos chilpayates que colmaron mi felicidad y mi paciencia con sus pediátricas demandas. Y fue una noche aciaga cuando, aprovechando que los angelitos habían caído exhaustos tras una interminable danza del columpio a la resbaladilla en el parque más cercano, me di a la tarea de completar los menesteres del día frente al lavadero, con el propósito de desahogar el contenido de una tina rebosante de pañales de sendos mequetrefes, nacidos ambos, justo cuando los desechables eran apenas una novedad tan costosa como escasa.
Ahí, cansada y como nunca ganosa de que el lecho fuera mi siguiente parada, encendí la radio para aligerarme el trance que ese día en particular me pescó agobiada por un catarro panteonero, presa de severas convulsiones provocadas por la tos y con los ojos anegados por la congestión, hasta mis oídos y como cruel bofetada del destino llegaron las 22 voces y las 22 guitarras entonando “Novia mía, novia mía”, mientras que el que por llevarme a los altares cantaría con alegría se daba a la dificultosa encomienda de vencer a sus contrincantes en su ronda semanal de dominó.
Hoy recuerdo el episodio como una jocosa paradoja, pero ese día, desterré al arcón del olvido a la Rondalla tapatía y su famosa canción, que tantas y tan traidoras ensoñaciones me desató.