Carlos Chávez y el mundo indígena
Por: Francesco Milella
Siguiendo el camino ya trazado en Europa por el músico y político Leo Kestenberg, en Berlín, y por Anatolij Vasilievic Lunačarskij, en Rusia, el gobierno postrevolucionario de Álvaro Obregón y en particular de su Secretaría de Educación Pública en las manos de José Vasconcelos, entre los años veinte y treinta, puso en marcha una hábil política, de inspiración socialista, para difundir la historia nacional oficial a través de las bellas artes. Este proceso llevó a las maravillas que la pintura mexicana del siglo XX nos ha dejado.
La contraparte musical para la actuación práctica de estas nuevas políticas estaba en aquel entonces representada por Silvestre Revueltas, trágicamente muerto en 1940, y por Carlos Chávez en esos años director de la Orquesta Sinfónica Mexicana.
La colaboración con esta institución musical le dio la posibilidad de poder finalmente traducir en el abstracto lenguaje musical una parte de esas políticas nacionalistas que la Secretaría de Educación Pública quería realizar. La brillante mirada de Chávez encontró en su mundo mexicano una fuente de inspiración continua para poder realizar obras maestras como su segunda sinfonía, la Sinfonía India (1935) que el concierto de la Filarmónica de Jalisco de este domingo 21 de septiembre va a presentar para abrir la nueva temporada sinfónica en el bellísimo escenario del Teatro Degollado bajo la dirección de Marco Parisotti.
Se trata de un fascinante caso de sinfonía mexicana, íntimo y personal homenaje del compositor capitalino a los indígenas de nuestro país y a sus tristemente poco conocidas tradiciones musicales. Aun siendo de un solo movimiento y no de cuatro como la sinfonía clásica “vienesa”, esta página musical sigue lo que se conoce como “forma sonata”: una estructura musical en tres partes (exposición, desarrollo y recapitulación), modelo de diversas formas musicales como el cuarteto y de sus evoluciones futuras, entre ellas la sinfonía.
Partiendo de un tema musical huichol del estado de Nayarit, Chávez organiza la primera parte, que llamamos exposición: es un momento intensamente rítmico, casi esquizofrénico en donde las estructuras musicales indígenas se mezclan de forma original con estructuras contemporáneas que Carlos Chávez había perfeccionado gracias a frecuentes contactos con Edgar Varèse y Aaron Copland.
En menos de dos minutos, de forma sorprendente, el compositor mexicano abre la segunda parte, el desarrollo, basada en fragmentos musicales de los Yaqui de Sonora, de manera exquisitamente lírica y melódica.
La tercera y última parte, la recapitulación, cierra la Sinfonía India con una lenta pero inexorable metamorfosis que alterna los temas de las dos primeras partes creando un intenso, ascético, contrastante cuadro musical de un México nuevo, en constante e intenso equilibrio entre el deseo de abrirse a las nuevas fuerzas estéticas internacionales, tanto en la música como en la pintura y en el cine, y la íntima necesidad de mantener viva y activa su identidad y su memoria. Este contraste es el centro y al mismo tiempo el motor de la Sinfonía India de Carlos Chávez, un testimonio de la política cultural nacionalista de Vasconcelos pero sobre todo un sincero homenaje a México, ayer como hoy.