Ideas

Canto de nuestra tierra

A la maestra Martha Rivera, que calmó a sus niños con canciones, entre ráfagas
Iré nombrando, lector, lectora querida, dones de nuestra tierra, y tú irás cerrando los ojos a ver si te recuerdan algo y te trasmiten paz, ahora que estamos crispados por el calor, el “juego” electoral y otras ráfagas. Comienzo: sillita de tule, de Colima, en azul añil. Abanico de Villahermosa, Tabasco, con tabachín pintado. Blusa de San Cristóbal de las Casas, o Zinacantán, con pájaros y flores. Cesto con cintas de colores y cinturón de telar de cintura, de Tarahumara, Chihuahua. Alegrías o amarantos del Estado de México. Gorditas de maíz de la Villa, en el DF. Guitarra de Paracho. Dulces de higo y nuez de Parras, Coahuila. Hamacas de algodón, del mercado Lucas de Gálvez, de Mérida, Yucatán. Bordados de listón, de Tepic, Nayarit. Duraznos prensados y jamoncillos de Querétaro. Queso de Ocosingo. Huipiles de Guerrero, Oaxaca, Chiapas. Trajes de reina. Faldas rarámuri, wirraritari, coras, mayas, mixes, juchitecas, huastecas, todas. Paliacates de colores vivos. Sombreros de palma, cinturones piteados. Mecedoras de Tlacotalpan, Veracruz. Fuentes de cantera rosa de Zacatecas. Platones de talavera, de Puebla, de Guanajuato. Helados de Dolores Hidalgo, o de Pachuca, Hidalgo. Barro bruñido, nacimientos y vidrio soplado de Tlaquepaque y Tonalá, Jalisco. Escobas popoteras de Ajijic. Mantos femeninos de Acteal, con bordados rojos sobre telares blancos. Glorias de Linares, Nuevo León. El Bazar del Sábado en San Ángel. Machaca y coyotas de Hermosillo, Sonora. Primaveras, rosas moradas y muebles de Alejandro Rangel, en Comala. Queso menonita de Cuauhtémoc. Árboles de la Vida, de Metepec. Rebozos de Santa María, San Luis Potosí. Gusanos de maguey de Tlaxcala. Empanadas de Obregón. Camarones de Escuinapa, mariscos de Sinaloa. Cajita de Olinalá. Jaibas de Tampico, Tamaulipas. Alacena, balero y trompo purépecha. Chocolate con almendra de Oaxaca. Mole poblano. Dátiles de Mexicali. Vinos de Coahuila y Baja California. Ollas y braseros de Tlayacapan, Morelos. Cajitas de madera, de Hidalgo. Jabones de coco, de Colima. Queso de tuna de Zacatecas. Servilletas deshiladas, de Aguascalientes. Nieves de Lerdo, Durango. Dulces de leche, de Torreón y Saltillo. Queso relleno, de Campeche. Marimbas de Mérida. Café de Veracruz y Chiapas. Guayabas de Calvillo. Corales de Quintana Roo; cactus junto al mar en Los Cabos, Baja California Sur. Y la plata y el tequila. Y Bahía de Banderas. Cada quien podría hacer, alejada o cercana, su lista de dones de nuestra tierra, pródiga en recetas, artesanías, tesoros. Falta mucho para que la violencia nos remate. Esa que hace cantar a una maestra en Monterrey mientras truenan las armas. Esa que es vencida con una canción de niños. Esa que no logrará apagar la luz en las manos y bocas que toman su telar, su cucharón, su flauta. Las que labran la cantera, amasan el barro, inventan el color. Faenas, todas, de un pueblo que sabe cantar.
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