Cada acción a su tiempo y un tiempo para su acción
Somos dueños del tiempo y propiedad de todos es su inflexible paso que parece más breve por las múltiples ocupaciones que absorben a cada persona de acuerdo a su actividad, con suma y resta implacable de segundos, horas, días y años que parecen más breves en la lucha por alcanzar el qué, muchas veces ignorado en su auténtico valor.
La tranquilidad se ausenta por el temor, que algunas veces es dolor de perder la confianza y con ella la esperanza en un proceso inexorable acrecentado en las urbes, sin soslayar las poblaciones con menos habitantes del tiempo pasado de caminar lento y paisaje alentador, sustituido por la imagen y texto de la pantalla en sus múltiples expresiones.
En breve tiempo, pérdidas y ganancias dan al espacio a nuevas fórmulas de inexcusable asimilación bajo el signo irreprimible de la modernidad y su adopción, en principio bien intencionada, sin que su práctica en ocasiones abra espacio a la pérdida para su empleo constructivo por falta de reflexión con empleo inteligente de cuanto nos allega la tecnología. La comunicación es recurrente en cuanto a derechos y deberes. En este sentido cabe señalar enfáticamente la organización individual buscando el mayor aprovechamiento del tiempo en el desempeño de la actividad diaria, imprescindible para un ejercicio pleno con buena administración haciéndola más fructífera a través de puntualidad redundante en beneficio personal y social.
Un ejemplo dramático se observa en el tránsito, peatonal y vehicular, causante de múltiples desgracias por la premura, conducente sin apego a los lineamientos establecidos por los reglamentos para peatones y conductores; éstos eventualmente sobreprotegidos y otros flagrantes infractores para los que no siempre hay sanción. Es común contemplar el descuido del peatón cruzando a media calle, ciclistas de tracción propia invadiendo banquetas y motociclistas igual o cruzando entre los automóviles y camiones que a su vez no siempre espetan los lineamientos viales como la velocidad y conducción libre de estimulantes como alcohol o drogas. Para éstos existen penas económicas por su infracción y cuando el caso lo amerita, la supresión de la licencia y hasta su libertad.
Es evidente la falta de convencimiento, en general, acerca de cumplir determinado horario, mediante el empleo del acelerador, antes de darle tiempo al ritmo de su actividad con la debida anticipación. Más vale un minuto tarde que un accidente que puede costar la vida propia o de alguien, inocente o eventualmente irresponsable también.
El tiempo a todos nos pertenece, igual que la responsabilidad. Sobre todo en la vía pública donde se manifiesta el civismo en la movilidad que expresa civilizada dignidad, de la que tanto se discute sin alcanzar el convencimiento deseado y los riesgos que conlleva su infracción.
Dios nos guarde de la discordia.
>sicpm@informador.com.mx