Arquitectura y tequila
El tequila es uno de las mejores bebidas del mundo. Porque lo cuidan. Porque se hace con esmero, con materia prima de la mayor calidad –un absoluto refinamiento de la naturaleza: el agave azul tequilana weber-, según procedimientos genuinos y estrictamente controlados. En pocas palabras: el tequila es un producto que puede enorgullecer a cualquier mexicano. Hay una norma oficial que regula su origen y hay un Consejo que cuida su calidad. La adulteración del tequila es un atentado a una bebida que puede considerarse un patrimonio nacional.
Ahora hablemos de la arquitectura. Es un producto cultural –como lo es el tequila– de la mayor relevancia para una sociedad, para un país. Y, obviamente, para la gente. La buena arquitectura, la genuina, hace más felices a las personas, les ayuda a vivir. Y lo contrario sucede con lo que demasiado frecuentemente se quiere hacer pasar por “arquitectura”. Es el huachicol (falso tequila) construido y tan, por desgracia, conocido.
Por todos lados prolifera la mala “arquitectura”: juegos de simulaciones, de imitaciones y fingimientos. Falsificaciones de sistemas constructivos, de códigos formales, de significaciones. Esta “arquitectura” envenena el gusto y el espíritu de la gente, empobrece las ciudades, banaliza los contextos en los que se inscribe. Estamos, tristemente, tan acostumbrados a ello, que ya ni caso hacemos cuando un Oxxo o un MacDonalds más desfigura por decenios cualquier rincón urbano que hasta entonces guardaba una cierta dignidad.
¿Cómo combatir esta plaga devastadora? Tratemos de imaginar algo tomando el símil del tequila. Delimitemos el campo de reflexión, para empezar. Por ejemplo los llamados “pueblos mágicos” (muy dudoso y un poco chabacano concepto: en todo caso, todos los pueblos deberían ser “mágicos”, pero en fin.) Esos pueblos, si tuvieran una regulación adecuada y eficaz, deberían de tener una especie de “denominación de origen” para cualquier nueva intervención. Cero falsificaciones, ningún fingimiento: nueva arquitectura, cuando se ofrezca, estrictamente contemporánea y muy atenta al valor de su contexto. Arquitectura tradicional bien conservada, adecuadamente restaurada y reciclada. Contextos urbanos resueltos en términos también contemporáneos (cero farolas ni bancas porfirianas) y muy cuidadosos con los entornos patrimoniales. Casi lo contrario de lo que se hace.
O los llamados “destinos turísticos”. La gente viene a México porque busca a México. No disneylandias de pacotilla. Ahora revísese con cuidado la “arquitectura” que en buena parte se ofrece como representativa de esos lugares. De un “mexican curious” lamentable a un “deconstructivismo ultramoderno” desolador. Habría que identificar el ADN arquitectónico de cada lugar –que existe– y luego tratar de fijar sus calidades, sus cualidades. No para hacer “clones”, sino para entender las claves con las que, en términos precisamente contemporáneos, puedan alentar auténticas y pertinentes arquitecturas nuevas.
Y, ahora arriesgando más, pensemos en las ciudades. ¿No sería posible entender, sin ninguna clase de determinismo o “purismo racial”, qué hace de las ciudades mejores lugares para vivir? Comprender el ADN que alguna vez las hizo agraciadas, armoniosas, bonitas, y que tiene que ver con la adecuación al clima, a los materiales, al ánima de cada urbe –finalmente al deseo de su gente. Y, ya como provocación: ¿Sería posible establecer una denominación de origen y pertinencia para toda arquitectura nueva que se proponga? Porque de huachicoles arquitectónicos ya estuvo bueno.