Ideas

Apología a la caza (y a la pesca)

Yo no soy cazador, soy pescador de tercera generación, pero son deportes, aficiones o pasiones que se parecen muchísimo. Por eso, cuando se considera al cazador (y acompañantes) por el sólo hecho de serlo como inmorales o asesinos, me siento aludido, amén del disgusto que da su linchamiento mediático, como cuando se habla mal del amigo, que tengo algunos ellos sí, cazadores de tierra o aire.

Y para no andar dándole vueltas al asunto, les dejo las razones de Ortega y Gasset en su prólogo a “Veinte años de caza mayor” (La mismidad de la caza) del Conde de Yebes:

“Caza es lo que un animal hace para apoderarse, vivo o muerto, de otro que pertenece a una especie vitalmente inferior a la suya. Viceversa, esa superioridad del cazador sobre la pieza no puede ser absoluta si ha de haber caza. (...) Pues bien, para que se produzca genuinamente (...) es menester que el animal procurado tenga su chance, que pueda, en principio, evitar su captura; es decir, que posea medios de alguna eficacia para escapar a la persecución (...) Cuando opongo al animal cazador el cazado, entiendo el buscado y perseguido, que puede muy bien no ser logrado. (...) Al contrario, si el esfuerzo del cazador resultase siempre, indefectiblemente afortunado, no sería esfuerzo de caza, sería otra cosa. (...) Toda la gracia de la cacería está en que sea siempre problemática. (...) ...no se caza al superior, o al casi igual, pero tampoco al demasiado inferior, porque éste no puede entonces tener “su juego”.

“Está en un error el deportista si cree que es él quien ha inventado “dejar su juego” al animal por pura gentileza (...). Sin duda que el hombre abre ese margen a la bestia deliberadamente y por propia voluntad. Podría aniquilar de modo fulminante y facilísimo la mayor parte de las especies animales, por lo menos precisamente esas que se complace en cazar”.

“Lejos de hacer esto, contiene su poder destructor, lo limita y regula —el veto, por excelencia, es la veda—; se esfuerza en asegurar la vida de las especies y, sobre todo, en el trato venatorio con ellas las deja, en efecto, su juego. Pero con esto último no hace sino imitar a la naturaleza. Porque la caza infrahumana es ya por sí ese juego y de otro modo no sería caza. De suerte que si el hombre desea cazar no tiene más remedio, quiera o no, que hacer esa concesión al animal.(...) Si no lo hiciera, no sólo destruiría a los animales, sino que destruiría, de paso, el cazar mismo que le ilusiona. Hay, pues, en la caza como deporte una libérrima renuncia del hombre a la supremacía de su humanidad. Ésta es su consubstancial elegancia. En vez de hacer todo lo que como hombre podría hacer, liga sus excesivos dotes y se pone a imitar a la naturaleza; es decir, que por su gusto retrocede y reingresa en ella (...)”.

Sigue navegando