* ¿Y después...?
“Por ahora —lo dijo, con la contundencia que lo caracteriza en cuanto le ponen un micrófono en frente, el actual dueño del juguete—, el Guadalajara no se vende”. Punto.
La pregunta obligada es esta: ¿por cuánto tiempo conservará su validez esa aseveración...?
Y la respuesta lógica sería esta: “No por tiempo indefinido, ciertamente”.
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Por cierto: lo que ahora se dice con respecto al Guadalajara, porque la fase incierta —por decirlo amablemente— en materia de resultados por la que atraviesa el equipo más popular de México ha dado pie a una especie de clamor generalizado a favor de que el actual dueño de los destinos del equipo se decida, por el bien del mismo, a dejarlo en otras manos, podría decirse, aun en una fase promisoria de su historial, como la presente, del Atlas: ¿cuánto tiempo les durará la euforia a sus dirigentes...? ¿Quién tiene la esfera de cristal que permita vislumbrar el día —que llegará, fatalmente— en que los dos equipos más tradicionales de Guadalajara cambien de manos...?
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Una cosa eran las “Chivas” o los “Zorros” cuando formaban parte de sendos clubes deportivos. Uno, ordinariamente en bonanza, y otro, generalmente atrapado por agudas crisis financieras, tenían a su favor el axioma de que “las instituciones quedan”; ambos, a partir del viraje de 180 grados decidido por sus dirigentes cuando vendieron los respectivos equipos a particulares, exitosos hombres de empresa, dueños del dinero necesario para convertirlos en sus juguetes caros, o del talento necesario para agregarlos a la lista de sus empresas exitosas, están condenados a que se cumpla en ellos, más tarde o más temprano, el axioma complementario: “Los hombres pasan”.
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Ni Jorge Vergara (y esposa) ni Ricardo Salinas son eternos. Y aunque esté latente la esperanza de que siempre habrá personas conocedoras de la historia, respetuosas de la tradición, enamoradas del futbol o convencidas de que el deporte bien manejado puede ser un estupendo negocio, interesadas, por tanto, en mantener vivos al Guadalajara y al Atlas en el ánimo de los millones de aficionados de uno y otro signo que se identifican plenamente con ellos, no deja de ser inquietante comprobar cómo equipos tan profundamente arraigados en la sociedad, pueden vivir episodios de angustia o de euforia, en función de los caprichos (o de la disposición para echar mano de la chequera) de sus propietarios.