Ideas

— Torpes y cínicos

Pocas veces México consigue un lugar en el mapamundi de la noticia. Y cuando lo consigue es, por desgracia, vía de regla, más para oprobio que como legítimo motivo de orgullo... El caso más reciente: la desgracia de la semana pasada en Monterrey. * Sin acceso al argumento de que el suceso fue obra directa de cualquiera de las múltiples variantes del infortunio —el azar, el destino, “la voluntad de Dios”...— (como ocurrió, verbigracia, en ocasión del terremoto de septiembre de 1985), el ataque contra un casino, con saldo trágico de decenas de víctimas absolutamente ajenas a la enemistad, el conflicto o la rencilla que de alguna manera pudiera explicarlo —que nunca justificarlo—, el incidente derrumba, a los ojos del mundo, el castillo de naipes que la autoridad se empeña en edificar a base de letanías de buenas intenciones, y en mantener en pie a base de cantidades industriales de saliva. Como no haya, en el corto plazo, un avance significativo en las investigaciones, en el esclarecimiento de las demenciales motivaciones, en la identificación —e idealmente en la detención, el proceso y la sentencia— de los autores materiales e intelectuales del que con absoluta justificación llamó el Presidente Felipe Calderón “acto de barbarie” (en su acepción de fiereza extrema, de brutalidad imperdonable), prevalecerá la convicción de que en este país son más competentes los delincuentes de toda ralea —la mafia, los cárteles de narcotraficantes que se han repartido el territorio nacional; los secuestradores, los asaltantes de bancos, los rateros de barriada incluso...— para convertir a la sociedad en pleno en su rehén, que los responsables de la seguridad y los procuradores de la administración de justicia para hacer su tarea. La delincuencia está en manos de especialistas; la prueba estuvo en la precisión cronométrica —como de película policíaca, literalmente— con que se realizó el ataque al Casino Royale, de Monterrey. La persecución de la misma, como ha quedado demostrado tantas veces y como se infiere de que la reacción oficial más enérgica (?) por parte de la autoridad, en el caso,  consistió en ofrecer “una cuantiosa recompensa” a quien delate a los asesinos —la apuesta por el “chivatazo”, pues; no por la investigación científica—, está, en cambio, en manos de improvisados e incompetentes. * De improvisados e incompetentes, en efecto... Pero, además, cínicos. ¿O merece un calificativo más amable quien no ha tenido siquiera el mínimo de pudor necesario para recoger el guante que Alejandro Martí arrojó al rostro de las autoridades (“¡Si no pueden, renuncien...!”), a pesar de tan escandalosas, reiteradas y dolorosas muestras de incapacidad y de impericia...?
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