Ideas

* Sicosis

A ver...: lo que sucedió en Torreón, el domingo por la tarde, es muy lamentable... aunque pudo haber sido mucho peor.
Las mayores tragedias que han ocurrido en espacios públicos abarrotados por multitudes —cines, teatros, estadios...—, han obedecido más al desorden, el tumulto y el consiguiente pánico, que al agente (un sismo, una alarma de incendio, una balacera...) que ocasionalmente las ocasiona. Es decir que el “saldo blanco” que se reportó en el estadio del Santos Laguna, fue, para utilizar el lugar común, una bendición del cielo. * Conviene, sin embargo, poner límites. Deplorable y todo, el incidente en cuestión nada tiene que ver con el futbol. No hay materia prima, por tanto, para los clamores de las plañideras ni para los desgarramientos de vestiduras que a partir del episodio se han sucedido. Las escenas de pánico ocurrieron, efectivamente, en el interior del estadio. El agente causal, empero, fue totalmente ajeno al motivo que congregó a decenas de miles de aficionados... Vincular al deporte con los lamentables sucesos es tan necio como pretender asociar con él  los crímenes, ajusticiamientos y demás monstruosidades que de un tiempo a la fecha se han vuelto “el pan nuestro de cada día” en este país... aun cuando, muy probablemente, tanto las víctimas como los causantes de tamañas atrocidades sean, además de posibles delincuentes, aficionados a cualquiera de los deportes que constituyen importantes fenómenos sociales en México. * Se impone la mesura: es legítima la exigencia de que las autoridades policíacas —en colaboración con dirigentes y promotores deportivos— tomen medidas de prevención con respecto a la pasión que determinado evento deportivo pueda generar o a la violencia que eventualmente puede surgir en los estadios a partir de la declarada rivalidad que hay entre ciertos actores del espectáculo... En compensación, hay que evitar caer en el alarmismo. Es imperativo serenarse y ubicar los hechos en el contexto que les corresponde; darles su verdadera dimensión... El espectáculo deportivo —con todo y sus “asegunes”— sigue siendo, en México, un entorno propicio para la expansión; sigue un oasis de civilidad, adecuado para la presencia de damas y niños, y no sólo de barbajanes. También eso hay que decirlo —y subrayarlo, a propósito de la “noticia deportiva” por excelencia del fin de semana—, para evitar distorsiones... y para no sembrar la semilla de la sicosis entre los aficionados a los deportes.
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