Ideas

* Pequeñez

“A confesión de parte —reza el principio general de Derecho—, relevo de prueba”.

No hay necesidad, pues, de ensañarse con Rafael Márquez. No puede decirse que hace leña del árbol caído quien subraya que el fracaso (antónimo de éxito) con que se resolvió a la postre la participación del León en la Copa Libertadores, tiene nombre y apellido: el del famoso “Káiser —apodo que fue propiedad, salvadas todas las distancias, de Franz Beckenbauer— de Zamora”.

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El León del partido del martes en La Paz no era como lo pintaban muchas de sus actuaciones precedentes. Por momentos, hizo el futbol punzante que le valió ganar la Liga en México hace unos meses, cuando aún conservaba algo del aroma a la División de Ascenso de la que había llegado un años atrás: un estilo en que se quisiera, por momentos, pedir que el partido se suspenda para asegurarse que los “Panzas Verdes” tienen once jugadores en la cancha: no quince, como llega a parecer.

Lejos de esa línea de juego, en parte porque el Bolívar —dirigido por aquel Xabier Azcargorta que fue técnico del Guadalajara— hizo bien su tarea, y en parte, quizá, porque el León acusó algo muy parecido a la suficiencia, a la convicción de que ese partido lo ganaría en cuanto se lo propusiera, el cuadro guanajuatense vino a menos en unos minutos: luz al principio; sombra a continuación. (Para decirlo en mexicano: “Arranque de caballo fino... y llegada de burro viejo”).

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Gustavo Matosas hizo al menos una parte de lo que aconseja el librito: retirar a Britos, Peña y Elías Hernández, notoriamente por debajo de su nivel, y poner a Sabah, Loboa y Cárdenas: si no para jugar mejor, sí, al menos, para hacerlo realmente con once.

Acababa de hacer el tercero de esos cambios. Le quedaban trece minutos de vida al partido, pues..., y de esperanza a la empresa a la que se habían comprometido esfuerzos e ilusiones.

Y fue entonces, precisamente en ese minuto 77 de juego, cuando aún quedaba tiempo para encender la luz que parecía extinguirse, cuando Márquez, al cometer una falta violenta, innecesaria, a media cancha —según sus propias palabras—, “perdió una batalla (la enésima, por cierto) en contra de su desesperación”...

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Una pena: tan notables cualidades técnicas y tantos kilómetros de cancha recorridos, compensados con semejante pequeñez anímica.

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