Ideas

— ¿Parteaguas?

Ya es un lugar común afirmar que el 11 de septiembre de 2001 fue “un parteaguas en la historia de la Humanidad”; que el mundo, antes de esa fecha, fue uno; que después, otro. Tal vez sea verdad... En todo caso, lo absolutamente verídico es que el mismo tópico se ha empleado, sólo en medio siglo, infinidad de veces: el asesinato de John F. Kennedy, los sismos de 1985 en México, la caída del Muro de Berlín, el reciente tsunami de Japón...: prácticamente todo lo que en un momento determinado constituye La Noticia así: con mayúsculas— por antonomasia, invita a reciclar la fórmula manida: “El mundo cambió...”. * A raíz del espectáculo dantesco de la destrucción de las Torres Gemelas, transmitido en vivo y en directo a todo el mundo, la fiera herida —Estados Unidos— reaccionó a su manera: brutalmente. Su Gobierno decidió que, imposibilitado para devolver la vida a una sola de las casi tres mil víctimas inocentes del atentado, tenía que dar un golpe mediático. Proclamó, entonces, “la guerra contra el terrorismo”. (A imitación suya, por cierto, otros, por ahí cerca, proclamaron una “guerra contra la delincuencia organizada” de la que dos cosas quedan claras: una, que ha costado ya más de 40 mil muertes; otra, que —según el discurso oficial—... “se está ganando”). Aun a sabiendas de que los métodos tradicionales son inoperantes para luchar contra los terroristas, porque esos enemigos —como los guerrilleros en la Guerra de Vietnam— no dan la cara ni tienen nombre propio, a tenor de esa “guerra” y en nombre del furor por destruir bases nucleares que nunca se encontraron, se bombardeó Bagdad, se despedazó al régimen de Saddam Hussein, y a éste se le detuvo y se le llevó de manera sumaria a la horca... Para liquidar al enemigo que sí tenía nombre (Osama Bin Laden) y rostro, debió apelarse a complejas labores de inteligencia y a sistemas de espionaje por demás sofisticados... y porfiar durante 10 años. * La celebración, ayer en Nueva York, del décimo aniversario de los tristemente célebres atentados, llevó la marca de la casa: teatralidad (no exenta de buen gusto, hay que reconocerlo; verbigracia, la construcción de sendos espejos de agua sobre los cimientos de las Torres Gemelas) y sensibilería a raudales; por ejemplo, la lectura de los nombres de las víctimas, en muchos casos —decían las notas periodísticas—, “por niños que no tienen edad para recordar a sus padres muertos”. Queda, en el balance de la efeméride, una convicción: que el mundo no cambió tanto aquel 11 de septiembre... aunque muchos de sus moradores lo hayan hecho.
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