Ideas

— Oropel

Suele decirse —aunque no necesariamente con esas palabras— que “La oposición no gana las elecciones: las pierden los gobiernos”. Botones de muestra: los comicios de la semana pasada en Michoacán... y los del domingo pasado en España.
 
—II—
 
En Michoacán, la “vox pópuli” —materializada en el 54% de los potenciales electores—, expresada en las urnas, se pronunció por un viraje de 180 grados: en vez de refrendar el mandato que los candidatos perredistas ejercieron en los dos últimos sexenios, o de confiar a mediano plazo su destino a “la hermana del Presidente” (la candidata panista Luisa María Calderón), se decantó por el candidato del PRI, Fausto Vallejo Figueroa, que llegó a la contienda avalado por un antecedente espectacular (sobre todo en México donde el desgaste del prestigio de los gobernantes es casi una regla): haber sido cuatro veces alcalde de la capital, Morelia.
 
En España, la crisis económica, que se volvió visible en el multitudinario movimiento de “los indignados” —jóvenes dotados de una excelente preparación en las aulas, pero condenados a la inactividad por falta de plazas laborales—, se tradujo en una votación aplastante, de la que aún no queda suficientemente claro si fue a favor de Mariano Rajoy y el Partido Popular, o en contra del aún presidente José Luis Rodríguez Zapatero (quien tuvo la desgracia de que el cohete le explotara en las manos) o su candidato Alfredo Rubalcaba y el Partido Socialista Obrero Español.
 
—III—
 
Los dos ejemplos son espejos en que conviene mirarse. De cara a las elecciones federales y estatales del año próximo —en México y en Jalisco, respectivamente—, queda claro que tanto en Michoacán como en España, a despecho de las notables y aun abismales diferencias que pudiera haber en ambos casos, los ciudadanos llegaron a las urnas con plena conciencia de su realidad y con una noción muy clara de sus perspectivas.
 
Ya dirá el tiempo si las expectativas se cumplen. Convendrá subrayar, en tanto, que votar implica el deber moral de desentenderse del oropel de las apariencias y preocuparse por los compromisos que puedan asumir los candidatos. Un voto —especialmente en un entorno de inseguridad, violencia y penurias económicas para las mayorías—, es un asunto demasiado serio. Cada voto es un tesoro que no puede dilapidarse en función del “carisma” o el “rollo” de candidatos que se postulan como si se tratara de ganar en un juego de azar.
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