Ideas
— Liderazgos
De algo sirvió, después de todo, el desplante del singular personaje que llevó hasta la cima, en Jalisco, el viernes pasado, lo que Daniel Cosío Villegas, en el sexenio encarnado en Luis Echeverría, denominó, para efectos de una excelente trilogía —¿o fue “tetralogía”?— libresca, “El estilo personal de gobernar”. Aún faltaría, desde luego, dentro de tres meses, la cereza en el helado: la versión actualizada de la consabida declaración de Mario Vázquez Raña, en el sentido de que los Juegos Panamericanos de Guadalajara fueron (¡ánimas santas...!) “los mejores de la historia”. Y faltaría el corolario: que el artífice por excelencia de tal portento sea designado, por aclamación, candidato, primero, y después, presidente de la República. Amén. * Mientras tanto, el beneficio inmediato, evidente, del polémico “homenaje” que el Gobernador de Jalisco, a título personal, decidió hacer al cardenal Juan Sandoval, fue suscitar una especie de consulta pública, a partir de una pregunta que flota en el ambiente a partir de la casi certeza de que, ahora sí, está muy próximo el relevo del aún arzobispo de Guadalajara: ¿Cómo debe ser su sucesor? El retrato hablado del dignatario en cuestión incorpora una extensa serie de atributos: sensato, prudente, pastoral, paternal, conciliador, verdaderamente cristiano... Cualquiera diría que, como en el caso de las virtudes que se desearía encontrar en el próximo alcalde, en el próximo gobernador o en el próximo presidente de la República, constituyen una obviedad esos rasgos: honesto, comprometido, competente, etc. Corresponden, una a una, esas galas de la personalidad de quienes están por aparecer en escena, para desempeñar cargos públicos, a los anhelos insatisfechos de la población; a sus rezagos históricos; a sus legítimas necesidades, sistemáticamente postergadas, sacrificadas en aras de la codicia de quienes se valen chapuceramente del tortuoso atajo de la democracia para satisfacer sus ambiciones personales y de grupo. * En el caso del próximo arzobispo, Guadalajara tiene memoria histórica. Sabe, por ejemplo, por los testimonios de los más viejos, del liderazgo que ejerció monseñor José Garibi Rivera —por cierto, el primer cardenal mexicano— para ayudar a cerrar las heridas que se abrieron en los años de “La Cristiada”. No fue un liderazgo que se circunscribiera a lo religioso: su contribución fue fundamental para reconstruir —zurcir, se diría— la urdimbre social, desgarrada por el conflicto señalado... Sabe del modelo de bondad, de modestia y de prudencia que fue monseñor José Salazar López. Al margen de sus convicciones en esa materia, intuye que hombres así requiere la Iglesia, y que son liderazgos así —aptos para unir, no para suscitar odios o sembrar discordias— los que requiere, ahora más que nunca, la sociedad. (Nuevamente, amén).