Ideas

— Destapes

Los tiempos cambian. El apotegma —uno de tantos— del inefable Perogrullo, puede ilustrarse con un ejemplo: antes se decía “¿Quieres conocer tus defectos...?: cásate; ¿quieres conocer tus virtudes...?: muérete”. Ya actualizado, el adagio —metido a martillazos en el sórdido mundillo de la política— quedaría así: “¿Quieres conocer tus virtudes...?: sé candidato; ¿quieres conocer tus defectos...?: sé gobernante”. —II— Si la semana anterior pasó a la historia —es un decir— por el intempestivo Réquiem del gobernador a las ilusiones de sus cortesanos, en lo mejor de la película, cuando aquéllos ya se veían de picnic sexenal en Los Pinos, el fin de semana se significó por los “pre-destapes” de cara a las contiendas caseras del año próximo. Uno, el del secretario de Salud, Alfonso Petersen. Otro, el del alcalde de Tlajomulco, Enrique Alfaro. Si parece haber consenso entre los observadores —apoyados, se dice, por encuestas de consumo doméstico—, en el sentido de que, entre la tersura con que se ha manejado su carrera política, por una parte, y el desaseo de los gobiernos panistas, por la otra, tanto la designación de Enrique Peña Nieto como candidato por parte del PRI como su victoria electoral parecerían la consabida “carambola hecha”, otro tanto sucede en el ámbito local: con haberse cuidado de no protagonizar ningún desliz del género de los escandalosos y de la especie de los imperdonables, Aristóteles Sandoval parece ir en caballo de hacienda hacia su designación como candidato a gobernador, primero... y hacia el triunfo en las urnas. —III— La competencia, al decir de los entendidos, apuesta por candidatos que parecen tener más virtudes que defectos y que pudieran darles —como premio de consolación al menos— la medalla de plata en “la madre de todas las batallas”... Los incompetentes, en opinión de los malpensados, apostarían, en tanto, no precisamente por las virtudes de los aspirantes (el don de gentes de Petersen, el oficio político que Alfaro ha demostrado, antes en su faceta de diputado, ahora en la de alcalde...), sino a favor del éxito que pudieran tener —como ya lo tuvieron en el pasado, aquí mismo— las (inevitables) “guerras de lodo”, modalidad para las que han demostrado ser particularmente diestros, paradójicamente, los mismos que antaño, cuando eran oposición, salían a la calle enarbolando como blasones, principios de doctrina —hermosos en la teoría, ilusorios en la práctica— como “la dignificación y la moralización de la política”. (¡Ajá...!).
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