Ideas

* Chapuza

Está muy claro: cuando los errores de los árbitros nos perjudican, los silbantes “son deshonestos”; cuando nos favorecen... “son humanos”.

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La de Carlos Fierro, en el encuentro Guadalajara-Pachuca del sábado, no es la primera chapuza de un jugador que —como señala la regla— “intenta engañar al cuerpo arbitral” simulando una falta en la acción que coprotagonizó “al alimón” con Aquivaldo Mosquera... >

En el futbol mexicano ha habido varios célebres, sobresalientes “clavadistas”, especializados en prodigar sus espectaculares cabriolas sobre la cancha. Los aficionados con algunas horas de vuelo como tales recordarán —hablando de arañas patonas...— nombres como el “Cocodrilo” Valdez, del León, y el “Chupón” Rodríguez, del Guadalajara, quienes probablemente contribuyeron más a la causa provocando barridas de los zagueros rivales, y haciendo la pantomima de que habían sufrido alguna de las faltas que, si ocurren en el área, se sancionan con la pena máxima y se traducen, ordinariamente, en goles y en puntos a favor de su equipo.

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Imposibilitada para dar marcha atrás a las ruedas de la historia, revocar la decisión de señalar el penalty, invalidar el gol conseguido merced a una violación a la consigna del “Juego Limpio”, y, en suma, modificar el resultado, la Comisión Disciplinaria actúa como lo hizo —decretando la suspensión por un partido del jugador embustero—, para mandar un mensaje a todos sus colegas: “Te vimos”... La sanción, por tanto, lleva la intención ejemplarizante de exhibirlo en la picota de la malediciencia pública, para escarmiento de sus colegas, como mal deportista.

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Sobre todo porque no se trata de un caso aislado, el incidente ha servido para que algunos mequetrefes declaren, en tono pontifical, que “el arbitraje en el futbol mexicano está en crisis”. O, de plano, “en decadencia”. O, peor aún, que la corrupción es la marca de la casa, y la deshonestidad la característica distintiva de quienes tienen la encomienda de impartir justicia, pero no con la imparcialidad como norma suprema, sino aplicando de manera dolosa, retorcida, interesada, contaminada por la intención deliberada de beneficiar a tal o cual equipo, las reglas del juego.

Lo curioso es su afán de continuar en el medio, a despecho de su convicción —proclamada mediante reiterativos desgarramientos de vestiduras— de que todo en él está podrido. (A no ser que sea para jactarse de que “hay aves que cruzan el pantano y no se manchan”).

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