Ideas

- Demagogia

Como de costumbre, fue más el ruido que las nueces…
 
-II-
 
La anécdota del día, según testigos, consistió en que el gobernador Aristóteles Sandoval experimentó en carne propia una de las estaciones del calvario cotidiano de un muy alto porcentaje de sus felices gobernados: puesto a secundar —para efectos mediáticos, obviamente— la promoción del “Día Sin Auto”, salió de Casa Jalisco a la calle, como cualquier hijo de vecino; caminó hacia la parada de camiones más cercana, y el primer autobús “certificado” al que hizo la seña consabida, le dio, en efecto, el tratamiento que corresponde a cualquier hijo de vecino: le negó el servicio.
 
Más allá del incidente (pariente lejano del desplante del célebre “Yeison” a una perorata del alcalde saliente de Guadalajara, Ramiro Hernández), la invitación al “respetable y culto público” —como decían quienes convocaban a las funciones de carpa de pueblo—, a participar, ayer, en el “Día sin Auto”, resultó tan desairada como velorio de pobre. Sin perjuicio de que, sacándose de la manga alguna carta truculenta, los promotores del evento difundan la información —mentirosa, quizá— de que disminuyó la cantidad de automóviles que de ordinario circulan por las cada vez más deterioradas y congestionadas seudovialidades de la Zona Metropolitana de Guadalajara, la realidad es que el impacto real de la ocurrencia, si es que lo hubo, fue insignificante.
 
Por lo demás, no podía ser de otra manera. Por más que se cacareen las supuestas bondades del transporte público, merced al supuesto apretón de clavijas que le dio la autoridad a raíz de la chuza trágica (22 personas atropelladas, una estudiante fallecida) de la Preparatoria 10, en marzo del año pasado, la calidad del servicio va, en general, de lo deficiente a lo decididamente calamitoso. Por más que se inviertan fondos públicos en implementar “ciclovías” y se gaste saliva en ponderar las bondades de programas orientados a promover el uso de la bicicleta, los avances de los mismos son, también, insignificantes. Por más que se recomiende compartir el automóvil con vecinos, conocidos y familiares, a fin de reducir la enorme cantidad de vehículos motorizados ocupados por una o a lo sumo dos personas, la experiencia demuestra que pocas cosas hay tan difíciles como revertir inercias o romper patrones culturales.
 
-III-
 
La promoción del “Día sin Auto”, en esas condiciones, se limita a ser, en nuestro medio, buena intención fallida… como tantas. O, para decirlo con todas sus letras, demagogia químicamente pura.
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