Ideas

* * Corolario

Hasta ayer, fue historia. Desde hoy, es leyenda.

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El Barcelona de Pep Guardiola, en efecto, cerró su ciclo con la conquista de la Copa del Rey. Premio de consolación, si se quiere, porque la mira del que ha sido, en los últimos años, el mejor equipo del mundo, estaba puesta en otros objetivos: la Liga y la Champions. La primera se perdió porque hubo otro aspirante igualmente ambicioso, pero mejor provisto de argumentos futbolísticos: el Real Madrid, capaz de conseguir cifras récord de puntos y de goles para llegar primero a la meta. La segunda se malogró porque en la semifinal, ante el Chelsea, el mejor futbolista del mundo --Messi, obviamente-- tuvo a bien fallar un penalty, para demostrar lo que se encargarían de corroborar Cristiano y Kaká en la otra semifinal, ante el Bayern Munich: que, después de todo,  también es humano.

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Fue una pena que no hubiera partido, en el más estricto sentido de la palabra. Tanto se ponderó al Athletic de Bilbao del “Loco” Bielsa --a pesar de su decepcionante desempeño en la final de la Liga Europea, ante el Atlético de Madrid--, que se esperaba una réplica más intensa de su parte...

No fue el caso. El primer gol de Pedro, a los tres minutos de juego, despejó todas las dudas: sobre la cancha del Vicente Calderón, en Madrid, sólo había un equipo... No que el cotejo fuera un soliloquio; sí que las jerarquías quedaron evidenciadas prácticamente desde el arranque, y ratificadas muy poco tiempo después por el mismo Pedro y por Messi: entre el mejor equipo del mundo --a despecho de la reciente coronación del Chelsea en la Champions-- y el resto, aún hay un abismo.

A la media hora de juego, pues, la historia estaba escrita. El resto fue cuestión de trámite. Las lágrimas de los jugadores del Athletic (muy respetables, por lo demás) estaban en flagrante “off side”: fue tan nítida la superioridad del Barsa, que no había lugar para ellas.

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El corolario tuvo una tremenda carga simbólica: mientras los jugadores recibían sus trofeos de manos del Príncipe Felipe y alzaban la Copa y eran vitoreados por la multitud, Guardiola, con la modestia de los grandes, rumiando quizá su última declaración (“Yo me hago a un lado y que me dejen...”), los miraba, con una mezcla de cariño y gratitud, desde la cancha...

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