- Contra Uber
Es una reedición del clásico “Pusieron ‘el Coco’… y ahora le tienen miedo”.
-II-
Las “manifestaciones” de taxistas, ayer, en la Ciudad de México, Guadalajara y otras ciudades de la República en contra del crecimiento exponencial que han experimentado plataformas de servicio de automóviles de alquiler —como Uber, City Drive y Cabify—, tienen, como tantas cosas en la vida, dos facetas…
Es comprensible, desde la perspectiva de los taxistas “tradicionales” —llamémosles así para efectos de inventario—, que estimen ser víctimas de una “competencia desleal”; que se sientan desplazados por quienes ofrecen al público, para decirlo con todas sus letras, un servicio de mejor calidad… y, además, a un precio más económico. Pero es igualmente comprensible, desde la óptica de los usuarios, la aceptación que esas modalidades han tenido, precisamente por las elementales razones apuntadas: porque el servicio es mejor… y más barato.
Las novedosas “plataformas” fueron la consecuencia lógica de un nicho de oportunidad creado, muy a su pesar, por los propios taxistas… y por las autoridades a las que ese servicio público se le salió de las manos desde hace mucho tiempo. La incapacidad para impedir (o, peor aún, la complicidad para propiciar) el acaparamiento de permisos; la explotación inicua de los conductores, condenados a salarios de hambre —y, además, a falta de prestaciones— por la obligación de entregar un alto porcentaje de sus ingresos —las famosas “liquidaciones”— a los espurios propietarios de permisos que supuestamente deberían corresponder a genuinos “trabajadores del volante” y no a modernos esclavistas; la anarquía en las tarifas; la incapacidad de las autoridades, tanto para obligar el uso del taxímetro como para evitar la manipulación del mismo; el desgobierno en esa materia, que condena a los usuarios a llegar a “arreglos” sobre el precio de cada “dejada”; el desorden (¿o la corrupción…?) que propicia la multiplicación de “permisos”, con la consecuencia de que la oferta del servicio es notoriamente superior a la demanda, lo que se traduce —perdón por la grosera analogía— en que “entre más burros, menos olotes”; el esquema económico que sólo beneficia a los dueños de los permisos, castiga a los choferes y condena a los usuarios a un servicio deficiente, en unidades sucias, envejecidas o descuidadas…
-III-
Las legítimas protestas de los taxistas son válidas; son comprensibles… La solución, sin embargo, no consiste en sacar la tarjeta roja a las nuevas plataformas, sino en extirpar los vicios y corruptelas que las propiciaron.
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