Deportes
* Maleficio
A propósito por Jaime García Elías
En teoría, el Atlas tenía la mesa dispuesta para servirse con la cuchara grande...
Era local; llevaba dos victorias consecutivas; la victoria pronosticada por la inmensa mayoría de los observadores significaría una considerable aproximación a la “Liguilla”; era el favorito obligado, además, porque su rival en turno —el Querétaro— era penúltimo en su grupo, ídem en la tabla general y último en la lucha desesperada por salvar el pellejo al final de la temporada.
En suma, era el partido a la medida para colocarle, a manera de comentario previo, la humanitaria réplica de Mafalda —la de Quino—, ante el anuncio de la maestra:
—Niños, hoy tendremos examen.
—¿Y no habría manera —se atreve a insinuar la clásica niña que nació adulta— de evitar un inútil derramamiento de ceros...?
*
A la hora de los mameyes, prevaleció uno de los tantos maleficios que el Atlas se ha empecinado en coleccionar a lo largo de su historia: su incapacidad —hija de su irregularidad endémica y de su inoperancia actual— para hilvanar tres victorias consecutivas.
Entre el discurso de su técnico —doctorado en el arte y ciencia de echarle a sus tacos mucha más crema de la que en justicia corresponde— y el desempeño y los resultados del equipo, media un abismo. La ventaja del interfecto es que sus directivos siguen creyendo que la mediocre productividad del equipo es un atentado contra la lógica; siguen creyendo que, en manos del timonel que les tiene sorbido el seso, la naturaleza sí da saltos; siguen creyendo que, en consecuencia, Zepeda y Osorno, cuyas carreras estaban en el ocaso, pueden renacer de sus cenizas, como la mitológica Ave Fénix.
*
Podrán cuestionarse los merecimientos del Querétaro para alzarse con la victoria. Se estará diciendo toda la verdad si se afirma que los “Gallos Blancos” dependieron más del arsenal de marrullerías que el “Maeto” (en triquiñuelas y doctor en ardides antideportivos) Reinoso les inculca, que de argumentos futbolísticos propiamente dichos para alzarse con la victoria...
Sin embargo, conviene recordar que, a diferencia de lo que sucede con el box, en el futbol sólo puede ganarse por nocáut, y que el único equipo que supo esgrimir ese argumento, en el partido del sábado —aunque sirviera para recordar que los patos, a veces, le tiran a las escopetas—, fue el Querétaro.
(Moraleja de la historia: “Goles son amores...”).
Era local; llevaba dos victorias consecutivas; la victoria pronosticada por la inmensa mayoría de los observadores significaría una considerable aproximación a la “Liguilla”; era el favorito obligado, además, porque su rival en turno —el Querétaro— era penúltimo en su grupo, ídem en la tabla general y último en la lucha desesperada por salvar el pellejo al final de la temporada.
En suma, era el partido a la medida para colocarle, a manera de comentario previo, la humanitaria réplica de Mafalda —la de Quino—, ante el anuncio de la maestra:
—Niños, hoy tendremos examen.
—¿Y no habría manera —se atreve a insinuar la clásica niña que nació adulta— de evitar un inútil derramamiento de ceros...?
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A la hora de los mameyes, prevaleció uno de los tantos maleficios que el Atlas se ha empecinado en coleccionar a lo largo de su historia: su incapacidad —hija de su irregularidad endémica y de su inoperancia actual— para hilvanar tres victorias consecutivas.
Entre el discurso de su técnico —doctorado en el arte y ciencia de echarle a sus tacos mucha más crema de la que en justicia corresponde— y el desempeño y los resultados del equipo, media un abismo. La ventaja del interfecto es que sus directivos siguen creyendo que la mediocre productividad del equipo es un atentado contra la lógica; siguen creyendo que, en manos del timonel que les tiene sorbido el seso, la naturaleza sí da saltos; siguen creyendo que, en consecuencia, Zepeda y Osorno, cuyas carreras estaban en el ocaso, pueden renacer de sus cenizas, como la mitológica Ave Fénix.
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Podrán cuestionarse los merecimientos del Querétaro para alzarse con la victoria. Se estará diciendo toda la verdad si se afirma que los “Gallos Blancos” dependieron más del arsenal de marrullerías que el “Maeto” (en triquiñuelas y doctor en ardides antideportivos) Reinoso les inculca, que de argumentos futbolísticos propiamente dichos para alzarse con la victoria...
Sin embargo, conviene recordar que, a diferencia de lo que sucede con el box, en el futbol sólo puede ganarse por nocáut, y que el único equipo que supo esgrimir ese argumento, en el partido del sábado —aunque sirviera para recordar que los patos, a veces, le tiran a las escopetas—, fue el Querétaro.
(Moraleja de la historia: “Goles son amores...”).