Deportes
* Hordas
Muchos años antes de que aparecieran en Europa fenómenos como los temibles “hoolligans” o los casi incontrolables “tifossi”, el humorista español Jardiel Poncela, más con el ánimo de dar un golpe de ingenio que con el de retratar a la realidad, decía que “El futbol es el bacilo de la guerra civil”
Muchos años antes de que aparecieran en Europa fenómenos como los temibles “hoolligans” o los casi incontrolables “tifossi”, el humorista español Jardiel Poncela, más con el ánimo de dar un golpe de ingenio que con el de retratar a la realidad, decía que “El futbol es el bacilo de la guerra civil”. Y en Sudamérica, cuando nadie anticipaba el riesgo de que los “barra-bravas” argentinos o los “torcedores” brasileños llegaran a convertirse --ocasionalmente al menos-- en hordas violentas, antisociales, el periodista brasileño Armando Nogueira celebraba como una bendición el que, en las batallas del futbol, a diferencia de lo que ocurre en otros órdenes de la vida, las victorias y las derrotas se produjeran “sin necesidad de derramamiento de sangre”.
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Los tiempos cambian, empero... y no siempre para bien.
Así, durante varios días, el entorno social que rodea al “Clásico” Guadalajara-Atlas, a disputarse mañana en el Estadio Jalisco, se significó por el temor de que, muy al margen del partido de futbol, del resultado que arroje y aun de los imponderables que durante el juego se presentaran, pudiera haber más --y, sobre todo, más graves-- episodios violentos que los habituales en estos casos...
El robo, por parte de “barristas” del Guadalajara, de una de las gigantescas mantas con que los simpatizantes del Atlas --imitando modelos sudamericanos, por cierto-- cubren la parte de la tribuna que han convertido en su querencia, generó amenazas en un tono que iba más allá de la tradicional --e inocua-- “carrilla”. Alimentó, por ende, el desasosiego de los aficionados que quieren seguir viendo el futbol como un espectáculo familiar en que pueden participar, incluso, mujeres y niños.
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Por fortuna, las gestiones --y presiones-- de los dirigentes de los clubes a los líderes de las antiguas porras (ahora “barras”) para que se restituyera la manta a quienes la ven como su tesoro, bajó la presión.
Quizá resulte ilusorio apelar a la educación de los aficionados, porque esa flor no suele brotar de manera espontánea en todas las macetas. Tal vez hacer un atento llamado a la cordura sea tan incierto como tañer las campanas para llamar a misa. En consecuencia, el éxito del “operativo” destinado a intentar que todo se quede dentro de los linderos de lo civilizado, dependerá principalmente de las autoridades responsables de extender la vigilancia por toda la ciudad... especialmente al final del encuentro.
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Los tiempos cambian, empero... y no siempre para bien.
Así, durante varios días, el entorno social que rodea al “Clásico” Guadalajara-Atlas, a disputarse mañana en el Estadio Jalisco, se significó por el temor de que, muy al margen del partido de futbol, del resultado que arroje y aun de los imponderables que durante el juego se presentaran, pudiera haber más --y, sobre todo, más graves-- episodios violentos que los habituales en estos casos...
El robo, por parte de “barristas” del Guadalajara, de una de las gigantescas mantas con que los simpatizantes del Atlas --imitando modelos sudamericanos, por cierto-- cubren la parte de la tribuna que han convertido en su querencia, generó amenazas en un tono que iba más allá de la tradicional --e inocua-- “carrilla”. Alimentó, por ende, el desasosiego de los aficionados que quieren seguir viendo el futbol como un espectáculo familiar en que pueden participar, incluso, mujeres y niños.
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Por fortuna, las gestiones --y presiones-- de los dirigentes de los clubes a los líderes de las antiguas porras (ahora “barras”) para que se restituyera la manta a quienes la ven como su tesoro, bajó la presión.
Quizá resulte ilusorio apelar a la educación de los aficionados, porque esa flor no suele brotar de manera espontánea en todas las macetas. Tal vez hacer un atento llamado a la cordura sea tan incierto como tañer las campanas para llamar a misa. En consecuencia, el éxito del “operativo” destinado a intentar que todo se quede dentro de los linderos de lo civilizado, dependerá principalmente de las autoridades responsables de extender la vigilancia por toda la ciudad... especialmente al final del encuentro.