Cultura
El mundo alucinante
El arte de apilar palabras
GUADALAJARA, JALISCO (18/SEP/2011).- Existen, también las palabras de todos los días, sometidas a la humillación rutinaria de explicar lo que sea del peor modo posible y que amenazan aniquilar a cualquier texto que las albergue: cosa, cuate, güey
Aeródromo. Existen palabras que raramente utilizamos. Estulto. Palabras que desconocemos o eludimos en la vida cotidiana por recelo o desconfianza de que los otros, del carnicero al agente vial, de nuestros hijos a nuestros padres, malinterpreten o ignoren. Ralentizar. Teratológico. Belfos. Antediluviano.
Pero esas mismas palabras, a veces desusadas y otras especializadas en exceso, que resultan un escollo en la comunicación diaria y que la mayor parte de los oyentes recibe en los oídos con un bufido —antes de tacharlas de “domingueras” —, son las que permiten que la lengua escrita, y en específico la literatura, aspire a cierto rigor de forma y sentido y no se limite a ser una mera transcripción notarial de diálogos callejeros. Son, sin embargo, para quien escribe, un ingrediente de uso complejo y que fácilmente deviene catástrofe. Tan fallida resulta una parrafada huera, llena de lugares comunes, como otra, pretendidamente culterana, que se limite a apilar terminajos extravagantes —Borges observó alguna vez que la lectura de una página “perfecta” resultaba, en la práctica, intolerable y recomendaba a los escritores deslizar algún fallo voluntario, cacofonías menores o adjetivos trillados, por ejemplo, para darle naturalidad a la prosa.
Pero existen, también, y no hay modo de escapárseles, las palabras de todos los días, sometidas a la humillación rutinaria de explicar lo que sea del peor modo posible y que amenazan aniquilar a cualquier texto que las albergue: cosa, cuate, chancla, güey —o, incluso, wey, para que la grafía exótica le meta caché al asunto…
Valga la imagen: aquel que escriba, no tendrá más remedio que recurrir a diferentes grupos de vocablos (los expertos denominan “campos semánticos” a tales manadas), lo mismo prestigiosos que deplorables, lo mismo relegados que aquellos que enfadan de tan comunes, con la cautela con que un cantinero echa mano del amargo de angostura, el squirt (“escuer” para los conocedores) o el whisky más arcaico. Tal arte combinatorio, si se adquiere, le dará a quien escriba el control de un arsenal. Magistrales, por ello, fueron Catulo, Rabelais, Bocaccio, Cervantes, Quevedo, Flaubert, Faulkner, Joyce —notablemente—, y hoy mismo, entre nosotros, Daniel Sada.
Vaya: un escritor no es solamente un elector y repudiador de palabras, pero tampoco puede no serlo. Como unidad mínima de significado en un texto, la palabra —y la habilidad o ausencia de ella en su empleo—, define a quien la usa. Ya lo dijo Cioran: un escritor debería vivir, perennemente, en el terror de derrumbarse con las palabras, con todas ellas. Quien no padezca ese miedo, que prescinda, mejor, de emborronar cuartillas.
Aeródromo. Existen palabras que raramente utilizamos. Estulto. Palabras que desconocemos o eludimos en la vida cotidiana por recelo o desconfianza de que los otros, del carnicero al agente vial, de nuestros hijos a nuestros padres, malinterpreten o ignoren. Ralentizar. Teratológico. Belfos. Antediluviano.
Pero esas mismas palabras, a veces desusadas y otras especializadas en exceso, que resultan un escollo en la comunicación diaria y que la mayor parte de los oyentes recibe en los oídos con un bufido —antes de tacharlas de “domingueras” —, son las que permiten que la lengua escrita, y en específico la literatura, aspire a cierto rigor de forma y sentido y no se limite a ser una mera transcripción notarial de diálogos callejeros. Son, sin embargo, para quien escribe, un ingrediente de uso complejo y que fácilmente deviene catástrofe. Tan fallida resulta una parrafada huera, llena de lugares comunes, como otra, pretendidamente culterana, que se limite a apilar terminajos extravagantes —Borges observó alguna vez que la lectura de una página “perfecta” resultaba, en la práctica, intolerable y recomendaba a los escritores deslizar algún fallo voluntario, cacofonías menores o adjetivos trillados, por ejemplo, para darle naturalidad a la prosa.
Pero existen, también, y no hay modo de escapárseles, las palabras de todos los días, sometidas a la humillación rutinaria de explicar lo que sea del peor modo posible y que amenazan aniquilar a cualquier texto que las albergue: cosa, cuate, chancla, güey —o, incluso, wey, para que la grafía exótica le meta caché al asunto…
Valga la imagen: aquel que escriba, no tendrá más remedio que recurrir a diferentes grupos de vocablos (los expertos denominan “campos semánticos” a tales manadas), lo mismo prestigiosos que deplorables, lo mismo relegados que aquellos que enfadan de tan comunes, con la cautela con que un cantinero echa mano del amargo de angostura, el squirt (“escuer” para los conocedores) o el whisky más arcaico. Tal arte combinatorio, si se adquiere, le dará a quien escriba el control de un arsenal. Magistrales, por ello, fueron Catulo, Rabelais, Bocaccio, Cervantes, Quevedo, Flaubert, Faulkner, Joyce —notablemente—, y hoy mismo, entre nosotros, Daniel Sada.
Vaya: un escritor no es solamente un elector y repudiador de palabras, pero tampoco puede no serlo. Como unidad mínima de significado en un texto, la palabra —y la habilidad o ausencia de ella en su empleo—, define a quien la usa. Ya lo dijo Cioran: un escritor debería vivir, perennemente, en el terror de derrumbarse con las palabras, con todas ellas. Quien no padezca ese miedo, que prescinda, mejor, de emborronar cuartillas.