Cultura
Pelos y señales
Talentos fugados
GUADALAJARA, JALISCO (24/OCT/2011).- El neurólogo mexicano Arturo Álvarez Buylla ha recibido este fin de semana el Príncipe de Asturias de la investigación científica. Da gusto que por una vez las páginas de los diarios –no las primeras, eso hay que decirlo– se ocupen de alguien que, sin ser deportista ni de la farándula, recibe reconocimiento internacional. No es cosa menor, por supuesto; el premio pone el reflector en un científico mexicano aunque, en efecto, uno que ha tenido que emigrar como tantos otros.
El hecho pone también el reflector en otras cosas: en la fuga de talentos, en la precariedad de nuestras instituciones con frecuencia incapaces de retenerlos y ofrecerles trabajos dignos, en la mezquindad que a veces se manifiesta en áreas diversas, en lo poco prioritaria que es la investigación científica en nuestro país.
Para ejemplificar parcialmente lo anterior, digamos que el propio premiado se quejó en una entrevista del clima hostil que se vive a veces entre colegas en México. Álvarez Buylla, proveniente de una notable familia de científicos, se fue para especializarse y se quedó en Estados Unidos, donde actualmente desarrolla proyectos de investigación que le han valido hoy este reconocimiento.
Yo tengo otros testimonios qué compartir al respecto:
Un amigo científico que anhelaba regresar a su país recibió el ofrecimiento de una universidad. Cuando pidió que le pusieran por escrito todas las condiciones pactadas verbalmente, le dijeron que “aquí eso no se acostumbra”. Naturalmente él puso las cosas en la balanza y decidió que era muy riesgoso aventurarse a cambiar un buen trabajo en el extranjero por otro de condiciones un tanto inciertas...y se quedó allá.
Otro conocido recibió alguna vez la oferta de venir a echar a andar un ambicioso proyecto musical de cierta institución educativa oficial. Quemó sus naves, es decir, vendió su casa y se trajo a toda la familia sólo para constatar, meses después, que el proyecto nunca se realizaría... y se volvió a ir.
Otra más: alguien regresó, también con todo y familia, aprovechando un programa oficial de “repatriación” de talentos. Los celos de su futuro jefe le impidieron, una y otra vez, poner a prueba sus capacidades. Nunca ejerció y acabó regresándose por donde vino.
De seguro hay muchas historias similares a esas y es una pena. Tal vez venga al caso preguntar, ¿de haberse quedado en México, Arturo Álvarez Buylla estaría siendo hoy reconocido con un premio como el Príncipe de Asturias?
El hecho pone también el reflector en otras cosas: en la fuga de talentos, en la precariedad de nuestras instituciones con frecuencia incapaces de retenerlos y ofrecerles trabajos dignos, en la mezquindad que a veces se manifiesta en áreas diversas, en lo poco prioritaria que es la investigación científica en nuestro país.
Para ejemplificar parcialmente lo anterior, digamos que el propio premiado se quejó en una entrevista del clima hostil que se vive a veces entre colegas en México. Álvarez Buylla, proveniente de una notable familia de científicos, se fue para especializarse y se quedó en Estados Unidos, donde actualmente desarrolla proyectos de investigación que le han valido hoy este reconocimiento.
Yo tengo otros testimonios qué compartir al respecto:
Un amigo científico que anhelaba regresar a su país recibió el ofrecimiento de una universidad. Cuando pidió que le pusieran por escrito todas las condiciones pactadas verbalmente, le dijeron que “aquí eso no se acostumbra”. Naturalmente él puso las cosas en la balanza y decidió que era muy riesgoso aventurarse a cambiar un buen trabajo en el extranjero por otro de condiciones un tanto inciertas...y se quedó allá.
Otro conocido recibió alguna vez la oferta de venir a echar a andar un ambicioso proyecto musical de cierta institución educativa oficial. Quemó sus naves, es decir, vendió su casa y se trajo a toda la familia sólo para constatar, meses después, que el proyecto nunca se realizaría... y se volvió a ir.
Otra más: alguien regresó, también con todo y familia, aprovechando un programa oficial de “repatriación” de talentos. Los celos de su futuro jefe le impidieron, una y otra vez, poner a prueba sus capacidades. Nunca ejerció y acabó regresándose por donde vino.
De seguro hay muchas historias similares a esas y es una pena. Tal vez venga al caso preguntar, ¿de haberse quedado en México, Arturo Álvarez Buylla estaría siendo hoy reconocido con un premio como el Príncipe de Asturias?