Cultura
Pelos y señales
Humorismo blanco
GUADALAJARA, JALISCO (03/OCT/2011).- Emilio García Riera, había tenido que ver todas sus películas para su Historia Documental del Cine Mexicano. Remataba don Emilio con un: “¡Me las pagarán!”
En el plano personal, recuerdo que a mi padre le gustaba hacer bromas y juegos de palabras más bien inocentones, sin asomo alguno de albur o cosa parecida. Por hacerlo renegar, sus hijos le decíamos: “ese chiste está muy capulinesco”. Mi padre, entonces, se ponía serio.
Tengo, como seguramente muchos, algunas anécdotas que involucran a Capulina. Confieso que siempre me causó gracia y que de niño disfrutaba -supongo que, entre otras cosas, porque no había nada más que ver- aquel programa televisivo llamado Cómicos y Canciones donde hacía pareja con Viruta y donde escribía los libretos un personaje llamado Roberto Gómez Bolaños. Quizás Gaspar Henaine me simpatizaba porque en alguna ocasión lo vi en un hotel de Cuernavaca y fue muy amable con quienes fuimos a saludarlo: la viva imagen de alguien que disfruta que los niños de acercaran a él.
Gracias a la maravilla de Youtube -“la moderna Biblioteca de Alejandría” la llamó alguna vez Francisco Arvizu- podemos ver algunas emisiones de aquella serie y comprobar que don Gaspar era simpático y gracioso, pero que el programa era bastante limitado. Claro, eran otros tiempos, no teníamos acceso a sitcoms norteamericanos y nadie se andaba peleando por el favor de las audiencias.
En cambio creo que nunca fui al cine a ver sus películas, si bien he visto algunos fragmentos en la televisión; tampoco me entusiasmaron ni sus comics (Las aventuras de Capulina) ni su circo.
Respecto de sus películas, tanto las que hizo al lado del homónimo del poeta -Marco Antonio Campos- como las que emprendió ya separado de Viruta, son malísimas. Cuenta Ana García Bergua que su padre, don Emilio García Riera, había tenido que ver todas sus películas para su Historia Documental del Cine Mexicano. Remataba don Emilio con un: “¡Me las pagarán!”.
Más afortunada fue, creo, su incursión en la música, especialmente con el trío Los Trincas, con Raúl Zapata y Raúl Morales, una referencia interesante en la música humorística de nuestro país.
Tengo la sospecha de la popularidad y simpatía de Capulina emanaban de aquello de que se le considerara “campeón del humorismo blanco”. Parapetado en ese slogan no podía sino caer bien: su humor era inocente, sus frases de tan bobas hacían reír de manera directa (“me es inclusive”, “lo que digan mis deditos”...), sin que hubiera que buscar ironías o retorcidos significados. En el plano personal, recuerdo que a mi padre le gustaba hacer bromas y juegos de palabras más bien inocentones, sin asomo alguno de albur o cosa parecida. Por hacerlo renegar, sus hijos le decíamos: “ese chiste está muy capulinesco”. Mi padre, entonces, se ponía serio.
asangu@gmail.com
En el plano personal, recuerdo que a mi padre le gustaba hacer bromas y juegos de palabras más bien inocentones, sin asomo alguno de albur o cosa parecida. Por hacerlo renegar, sus hijos le decíamos: “ese chiste está muy capulinesco”. Mi padre, entonces, se ponía serio.
Tengo, como seguramente muchos, algunas anécdotas que involucran a Capulina. Confieso que siempre me causó gracia y que de niño disfrutaba -supongo que, entre otras cosas, porque no había nada más que ver- aquel programa televisivo llamado Cómicos y Canciones donde hacía pareja con Viruta y donde escribía los libretos un personaje llamado Roberto Gómez Bolaños. Quizás Gaspar Henaine me simpatizaba porque en alguna ocasión lo vi en un hotel de Cuernavaca y fue muy amable con quienes fuimos a saludarlo: la viva imagen de alguien que disfruta que los niños de acercaran a él.
Gracias a la maravilla de Youtube -“la moderna Biblioteca de Alejandría” la llamó alguna vez Francisco Arvizu- podemos ver algunas emisiones de aquella serie y comprobar que don Gaspar era simpático y gracioso, pero que el programa era bastante limitado. Claro, eran otros tiempos, no teníamos acceso a sitcoms norteamericanos y nadie se andaba peleando por el favor de las audiencias.
En cambio creo que nunca fui al cine a ver sus películas, si bien he visto algunos fragmentos en la televisión; tampoco me entusiasmaron ni sus comics (Las aventuras de Capulina) ni su circo.
Respecto de sus películas, tanto las que hizo al lado del homónimo del poeta -Marco Antonio Campos- como las que emprendió ya separado de Viruta, son malísimas. Cuenta Ana García Bergua que su padre, don Emilio García Riera, había tenido que ver todas sus películas para su Historia Documental del Cine Mexicano. Remataba don Emilio con un: “¡Me las pagarán!”.
Más afortunada fue, creo, su incursión en la música, especialmente con el trío Los Trincas, con Raúl Zapata y Raúl Morales, una referencia interesante en la música humorística de nuestro país.
Tengo la sospecha de la popularidad y simpatía de Capulina emanaban de aquello de que se le considerara “campeón del humorismo blanco”. Parapetado en ese slogan no podía sino caer bien: su humor era inocente, sus frases de tan bobas hacían reír de manera directa (“me es inclusive”, “lo que digan mis deditos”...), sin que hubiera que buscar ironías o retorcidos significados. En el plano personal, recuerdo que a mi padre le gustaba hacer bromas y juegos de palabras más bien inocentones, sin asomo alguno de albur o cosa parecida. Por hacerlo renegar, sus hijos le decíamos: “ese chiste está muy capulinesco”. Mi padre, entonces, se ponía serio.
asangu@gmail.com